San Benito enseñó a sus discípulos a buscar a Dios como monjes y a seguir a Jesús como monjes cristianos.
El espíritu de san Benito es, ante todo, realista. Tiene el sentido de la realidad. Sabe respetarlo todo. Es decir, trata a las personas, las cosas, los acontecimientos, todo, con atención a su naturaleza, sin desfigurarlos dejándose llevar por la imaginación o el deseo.
Acepta a Dios tal como se nos ha revelado. Tiene el sentido de Dios. Lo reconoce presente en todo: el universo, la historia, los hombres, los acontecimientos... La fe le dice que su santidad implica una aplastante exigencia de justicia, pero también que es «clemente y misericordioso», tardo a la ira y rico en gracia y fidelidad». Infinitamente lejano e infinitamente próximo, nos mira a todos en general y a cada uno en particular, nos prueba, nos amonesta, nos perdona... Jesucristo nos lo ha revelado como padre, como el Padre por antonomasia. Y al reconocer esta paternidad inefable, nos sentimos todos hermanos.
San Benito odia la falsedad, busca la verdad, la autenticidad, la franqueza, la transparencia.
La humildad, a la que tanta importancia concede la Regla, se identifica con su autenticidad: no consiste en rebajarse, sino en aceptarse como se es en realidad sin disimular las propias limitaciones y miserias.
El discernimiento y la discreción su fruto son parte integrante e importante del espíritu benedictino.
San Benito detesta y excluye sin contemplaciones cuanto tenga apariencia de confusión o pueda producirla, como son la negligencia, el despilfarro, la imprevisión, la imprudencia. En cambio, la exactitud, la coherencia, la armonía, la paz e incluso la caridad presuponen que en el monasterio reina el orden en todas las cosas.
El orden en el monasterio no debe ser mecánico, forzado, artificial; sino profundo, verdadero, fruto del discernimiento y de la moderación, y a su vez, fuente de sosiego, paz y bienestar.
El Espíritu de san Benito se distingue por su fidelidad a las tradiciones monásticas en la acogida fraterna. Quiere que el deber de la hospitalidad sea honrado en sus monasterios: «a todos los huéspedes que llegan al monasterio recíbanseles como al mismo Cristo, pues él ha de decir: «Huésped fui y me recibisteis». Con este mandato san Benito pone la base de la hospitalidad monástica, cimentada en el espíritu de fe y de amor que entraña la acogida humanitaria y fraterna que merece toda persona, especialmente a los pobres y necesitados.
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