La celebración diaria de la Eucaristía, constituye el centro de nuestra vida individual y comunitaria. La Eucaristía, entre otras muchas cosas, es el alimento de cada una de las monjas y construye incesantemente nuestra comunidad.

En torno al altar de Dios experimentamos muy vivamente nuestra unión con la Iglesia y todos nuestros hermanos los hombres. Especialmente con los que sufren, los marginados, los abandonados, los enfermos, los moribundos. Y, lógicamente, con los que participan en nuestras celebraciones, formando con nosotros una sola comunidad orante.

La Eucaristía es la que logrará que una comunidad no sea solamente un grupo de personas que viven juntas en un mismo sitio, sino que ella cristalizará en el vivir cotidiano, la célebre frase paulina: «Porque el pan es uno, somos muchos un solo cuerpo, pues todos participamos del mismo pan» (1Cor 10,17).

En La Eucaristía encontramos el ideal comunitario hacia el que debemos tender. La comunidad crece y se fortifica, en y por la Eucaristía, porque ella es la cumbre y el alma de nuestro vivir cotidiano, la máxima vivencia espiritual a la que el Señor nos invita.