![]() Desde los tiempos más remotos hubo hombres y mujeres que se sintieron atraídos irresistiblemente por el misterio de Dios. Buscaron a Dios con sincero corazón. Renunciaron absolutamente a cuanto les servía de estorbo en su afán por unirse a él. Abrazaron una vida casta y pobre. Cultivaron la ascesis, la meditación, el silencio, la soledad, la sabiduría, la oración. La vida monástica es un fenómeno humano. La hallamos en todos los tiempos, en todos los países, en todas las religiones dignas de este nombre. En la Iglesia, desde sus orígenes, no faltaron nunca hombres y mujeres que se dedicaron a buscar y servir a Dios con exclusión de todo lo demás. Tales personas merecen el nombre de «monjes»; por «monje» es, no tanto el que vive solo, sin pareja, en lugares desiertos, como el que tiende a realizar la plena unificación de su ser para unirse a Dios. Los monjes practican la fuga mundi. Lo dejan todo, se apartan de la sociedad, se internan en el desierto. Unos pocos optan por una vida absolutamente solitaria; otros forman colonias de ermitaños; otros, finalmente, abrazan la vida comunitaria, dando origen a los primeros monasterios. El Espíritu suscita hombres de gran santidad y profunda sabiduría que encauzan, guiándose por el Evangelio, aquel movimiento, amplio, poderoso y un tanto anárquico: Antonio, Pacomio, Basilio, Jerónimo, Agustín... |
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