Uno de los principios fundamentales de la Regla de San Benito dice: «Nada se anteponga a la obra de Dios», esto es, al Oficio Divino.

Desde antes de la aurora hasta el momento de recogernos para el descanso nocturno nos reunimos varias veces en el oratorio para la oración comunitaria.

Es nuestra primera tarea y, sin duda, la más noble: Alabar, bendecir, adorar, glorificar a Dios, darle gracias por los beneficios de que colma diariamente a sus hijos los hombres, presentarle humilde y confiadamente nuestras súplicas por la Iglesia y la humanidad entera, pedirle perdón por las ofensas que le hacemos y se le hacen en todo el mundo, escuchar la Palabra que se nos proclama y los comentarios de los Santos Padres, todo ello es una tarea a la que intentamos entregarnos cada día con renovado esfuerzo.

Al repetir una y otra vez el canto de los salmos ­tan antiguos y siempre nuevos­, hacemos llegar hasta el trono de Dios el clamor inmenso de la humanidad sufriente, ansiosa, pecadora, llena de lacras, víctima de la injusticia y el egoísmo de unos pocos, sedienta del Dios vivo, aunque a menudo lo ignore.