Nació en Nursia (Italia) hacia el año
480. Atraído por el deseo de agradar solamente a Dios,
deja sus estudios, casa y bienes materiales y alejándose
de Roma buscó una región solitaria donde poder dedicarse
a la contemplación de
las
cosas celestiales. Este lugar fue Subiaco.
Durante tres años vivió oculto en este lugar consagrado a la oración día y noche. Su fama se fue extendiendo cada vez más y gran número de personas venían con el deseo de someterse a sus enseñanzas y de oír sus palabras llenas de unción.
Entonces comprendió el Santo que había llegado el momento de fundar una familia religiosa que viviera la perfección evangélica. Construyó doce Monasterios, al frente de los mismos asignó doce monjes para cada uno de estos Monasterios.
Más tarde fundó Monte Casino, lugar principal donde él había de desarrollar más intensamente su virtud y santidad.
Después de haber llevado una vida consagrada a la contemplación y alabanza a Dios, después de haber escrito su Santa Regla, código admirable que ha santificado a numerosísimas almas, agotado por seis días de fiebre, hizo que sus discípulos lo llevaran al oratorio, recibió la Comunión en Viático, y apoyándose en los brazos de sus discípulos, murió de pie con las manos alzadas al cielo como para continuar toda la eternidad la ininterrumpida plegaria de toda su vida terrena.
La familia benedictina influyó decisivamente en la evangelización y la civilización de los nuevos pueblos que se establecieron en el viejo continente. Juan Pablo II ha podido observar que san Benito era de hecho el patrono de Europa muchos siglos antes que lo proclamara como tal el Papa Pablo VI.
Junto a San Benito sigue una pléyade de hijos insignes, entre los que se cuentan treinta y cinco Papas, más de doscientos Cardenales, seis mil Obispos y lo que vale más que todo, una multitud de Santos que suman varios miles.