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I alma tiene sed de Dios, del Dios vivo". Así
expresaba un viejo poeta de Israel uno
de los anhelos más profundos del corazón
humano: "la sed de Dios".
Al mundo moderno lo devora el vértigo. Orgulloso
de su dominio de la técnica ha llegado a creerse
un dios. El afán consumista del mundo occidental
le sumerge en un materialismo tal que le hace olvidar los valores
del espíritu. Así ha ido perdiendo el sentido de
Dios, su instinto religioso, el norte de su vida.
Pero el deseo de Dios permanece en el fondo de su ser. Lo tiene
todo, está saturado de cosas que no le llenan, que no
le satisfacen, que no le hacen feliz, al contrario, le desasosiegan.
Se encuentra insatisfecho, todo ello indica la presencia oculta
de Dios que está ahí llamando a su puerta: "Nos
hisciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está
inquieto hasta que descanse en ti" (San Agustín).
Un día nosotras le oímos: "Mira que estoy
a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre, entraré
en su casa y cenaré con él y él conmigo
(Ap 3,8). Le abrimos, y desde entonces ya no tenemos
otra opción que la de lanzarnos a la más apasionante
aventura humana: la de buscar a Dios.
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"Escucha, hija, mira:
inclina el oído, olvida tu pueblo y la casa paterna: prendado
está el rey de tu belleza" (Sal 44,11).
Un día estas palabras resonaron insistentes en nuestro
corazón. Era Jesús que pasaba a nuestro lado y
nos subyugó. Su encuentro dio un vuelco a todos nuestros
proyectos, a todas nuestras ilusiones. Desde entonces sólo
contaba él. Nuestro deseo más íntimo era
conocerle, amarle, servirle, vivir y morir con él.
Le seguimos al monasterio. Abrimos el libro de los Evangelios
y en su lectura descubrimos el corazón de Dios. Anhelamos
estar un día con Jesús en su reino. Ahí
radica nuestra esperanza. |