CARIDAD
ES SU NOMBRE
"Episodios de la Madre Caridad Brader-Fundadora de las Franciscanas
de María Inmaculada, en el centenario de la fundación:
1893-1993"
"DECALOGO
DE LA VIDA DE LA MADRE CARIDAD"
Entre las muchas facetas de la vida de la Madre Caridad, se
encuentran algunas que pueden resumirse en un "DECALOGO"
en el que se ve que ella supo imprimir a su vida el sello de
Dios, encaminar sus obras a la difusión del Reino de Cristo,
vivir la experiencia de Dios y ser pregonera de Paz y Bien.
I Renunció generosamente a los bienes terrenos para
vivir en austeridad y pobreza, siguiendo a Cristo a ejemplo de
San Francisco de Asís.
II Adoró reverente a su Dios en la Eucaristía,
y encontró en ella el Sacramento de la comunión
perfecta con Cristo y el fundamento de la fraternidad universal.
III Amó y veneró a la Santísima Virgen como
a su protectora y le confió el cuidado de su Congregación.
IV Descubrió y alabó en la naturaleza las huellas
del Supremo Creador.
V Experimentó la presencia de Dios en su vida y la convirtió
en un continuo acto de amor y de adoración.
VI Asumió con humildad el designio de Dios que la escogió
como fundadora de una Congregación.
VII Enseñó con su ejemplo a vivir en la Fe, la
Esperanza y la Caridad.
VIII Atrajo a un gran número de jóvenes para vivir
el evangelio según el espíritu de su Congregación.
IX Confortó con su bondad a los pobres enseñándoles
a confiar en la Divina Providencia.
X Difundió como misionera y educadora, personalmente y
con las Hermanas de su Congregación, el Mensaje de la
Salvación.
Este "DECALOGO" es un compendio de su vida santa
y de su acción apostólica que invita a la reflexión
y a la meditación, estimula a vivir según los consejos
evangélicos y las enseñanzas del Magisterio de
la Iglesia.
BELLO
AMANECER
En el viejo continente, como si fuera el corazón de Europa,
se encuentra un pequeño pero hermoso país, al cual
Dios le otorgó un paisaje de excepcional belleza, con
cumbres nevadas, exuberante vegetación y plateados lagos:
SUIZA. En él existe un pueblecito llamado Kaltbrunn, que
hubiera pasado desapercibido si no fuera porque allí vio
la primera luz, una niña, hija única del matrimonio
de Sebastián Brader y Carolina Zahner, quien fue predestinada
por Dios para desempeñar un papel importante en la extensión
del Reino de Dios.
El 14 de agosto de 1860 nació esta niña que recibió
en el bautismo el nombre de CAROLINA, nombre que más tarde
cambiaría por el de SOR MARIA CARIDAD, con el que se la
conoce como fundadora de la CONGREGACIÓN DE RELIGIOSAS
FRANCISCANAS DE MARIA INMACULADA.
Siendo muy niña perdió a su padre y entonces su
joven madre tuvo que asumir la inmensa responsabilidad de la
educación y formación de Carolina. Tenemos muy
pocos datos de su infancia y juventud porque ella solía
hablar muy poco de sí misma; sin embargo, una que otra
anécdota nos da idea de su viveza y de su talento. Por
las travesuras que hacía, su madre solía repetir:
"Nadie tiene una hija peor que la mía".
Contaba que siendo muy pequeña había oído
hablar de las mortificaciones y penitencias de algunos santos
que dormían en el suelo por amor a Dios. Esto la entusiasmó
para imitarlos y una noche bajó de su cama el edredón
de plumas, lo tendió en el suelo y se acostó sobre
él para dormir el mortificado sueño de los santos.
Pero pronto llego su madre para darle la bendición y al
ver aquello preguntó: "¿Qué haces allí?"
Ella respondió: "Quiero imitar a los santos que por
amor a Dios duermen en el suelo"; pero la madre replicó:
"Si eso es lo que quieres, duerme en el suelo pero no me
dañes el edredón arrastrándolo por el piso..."
Su madre quiso dar a Carolina una educación que estuviera
de acuerdo con sus aptitudes y talentos; para ello escogió
un colegio importante en una ciudad más o menos cercana
llamada Altstatten y allí la llevó en calidad de
interna. De sus travesuras de internado Carolina contaba el caso
de las zanahorias, que le repugnaban sobremanera; cada vez que
las servían en la mesa, las envolvía cuidadosamente
en el pañuelo y luego las botaba en la huerta.
En cierta ocasión, cuando su madre fue a visitarla le
preguntó: "¿Por qué manchas siempre
de amarillo tus pañuelos?" Rápidamente la
niña contestó: "¿Yo? no mamá,
yo no; son las zanahorias".
Entre juegos infantiles e inocentes travesuras transcurrieron
los primeros años de esta niña a quien Dios destinaba
para una gran obra en su Iglesia.
INQUIETUD
VOCACIONAL
Terminados los estudios en el colegio de Altstatten, su madre
la envió a Sarnen y luego a Friburgo para que perfeccionara
sus conocimientos y aprendiera el francés. Más
tarde recibió el diploma oficial de Maestra. Cuando alguien
la alababa por los triunfos alcanzados, ella sólo decía:
"No me hubiera atrevido a enviar a mi madre unas malas calificaciones".
En los últimos años de su carrera pedagógica,
comenzó a sentir la llamada de Dios a la vida religiosa.
Ella admiraba mucho las comunidades que había conocido
pero en ninguna encontraba el ideal de pobreza que perseguía.
En su hogar tenía lo que una joven pudiera desear; sin
embargo, quería abandonarlo todo y seguir al Señor
pobre, a imitación de San Francisco de Asís.
A pesar de que su madre le había repetido muchas veces
lo feliz que seria si Dios la hubiera escogido para la vida religiosa,
cuando Carolina le manifestó su deseo de entrar a un convento
su madre se opuso y se mostró muy triste y reservada.
Esta situación tan tensa tuvo su desenlace un día
en que muy silenciosas, sentadas a la mesa comían unas
deliciosas morcillas, tan famosas en Suiza. De pronto, un movimiento
involuntario de la madre, hizo que la morcilla que tenía
en el plato rodara por el suelo, lo que aprovecho de inmediato
el gatito, dándose un apetitoso e inesperado almuerzo.
Esto dio motivo para que la señora Zahner soltara una
sonora carcajada a la que se unió la de su hija. Este
episodio sirvió para romper la tensión en que se
encontraban y así Carolina pudo hablar de nuevo con su
madre sobre sus proyectos de ingresar al convento y recibir al
fin la aceptación para realizar el sueño de su
vida.
La separación que exigía el llamamiento de Dios
a la vida religiosa, implicaba un sacrificio heroico para la
madre ya que, siendo viuda, tenía cifrada en su hija todas
sus esperanzas, y para retenerla le decía con frecuencia:
"¿Qué te hace falta a mi lado?".
Carolina sufría con la tristeza de su madre, pero el convento
de Altstatten, que era el que había escogido, la atraía
como un imán y finalmente el l de octubre de 1880 ingresó
en él. No obstante, pronto le sobrevino una inmensa nostalgia
por la soledad en que quedaba su madre y vaciló varias
veces intentando regresar a su lado; pero Dios le dio la gracia
de superar ese tremendo obstáculo y a fuerza de oración,
sacrificio y firme voluntad, pudo sobreponerse a tan dura prueba.
Así el lo. de marzo de 1881 recibió el hábito
de franciscana y cambió su nombre de Carolina Brader Zahner
por el de SOR MARIA CARIDAD DEL AMOR DEL ESPIRITU SANTO. Se iniciaba
así para Carolina la realización del gran ideal
de su vida: entregarse a Dios en pobreza y austeridad.
REALIZANDO
UN IDEAL
La joven novicia Caridad se entregó con todo el ardor
de su alma a las prácticas de la vida religiosa. Sus cohermanas
contaban cómo se distinguió por el cumplimiento
de sus ejercicios piadosos y su amor y gran reverencia a Jesús
Sacramentado. La oración comunitaria la hacía con
gran fervor y unción; su sonora voz sobresalía
entre la de sus hermanas hasta tal punto que la llamaban "la
campana del coro".
Las superioras apreciaron su gran talento y su capacidad de aprender;
por lo mismo se preocuparon para que se perfeccionara más
en sus estudios y en las obras manuales. Esta misma preocupación
la mantendría ella en la formación de las futuras
hermanas de su congregación. Solía decir: "la
religiosa dedicada a la enseñanza debe profundizar cuanto
más pueda en la ciencia para dar gloria a Dios."
A pesar de su dedicación a los deberes intelectuales,
no se eximía de los trabajos domésticos; alegremente
acudía al lavado de la ropa, limpieza de la casa y demás
faenas. No había privilegios para nadie y esta norma la
practicó durante toda su vida. Más tarde, en calidad
de fundadora, la inculcó a sus hijas.
La vida religiosa colmaba plenamente sus anhelos; la felicidad
se transparentaba en su rostro y el júbilo, que no pocas
veces exteriorizaba con espontáneas carcajadas, era la
nota predominante con la que sabía infundir alegría
en el ambiente que la rodeaba.
El 22 de agosto de 1882 en la octava de la fiesta de la Asunción
de la Virgen y cuando apenas había cumplido 22 años,
hizo su profesión solemne de observar la Regla Franciscana
hasta la muerte.
Durante 6 años ejerció el magisterio en el colegio
de Altstatten. En 1888 llegó a esas tierras Monseñor
Pedro Schumacher, obispo de Portoviejo en el Ecuador, quien solicitó
a las religiosas de ese monasterio su ayuda para las misiones
de América, donde no existían comunidades religiosas
para evangelizar a los pueblos, especialmente a los indígenas.
Entonces 7 religiosas obtuvieron el permiso del Santo Padre para
abandonar el monasterio y viajar a esas regiones totalmente desconocidas.
Entre ellas estaba la MADRE CARIDAD BRADER.
Al emprender la larga y difícil ruta, la joven Caridad
nunca imaginó que Dios la predestinaba para que, con el
correr de los años fuera la fundadora de las FRANCISCANAS
DE MARIA INMACULADA.
TRASPASANDO
FRONTERAS
Ecuador
El 19 de julio de 1888 salieron del convento de Maria Hilf, en
Suiza, las 7 religiosas misioneras para emprender una arriesgada
aventura desafiando todos los riesgos que pudieran correr en
ella. Llegaron a las costas del Ecuador y el 8 de agosto se instalaron
en un pueblo.
Como en el Ecuador la situación política presagiaba
una persecución religiosa, la entonces superiora, Madre
Bernarda Buttler, aconsejada por Monseñor Pedro Shumacher,
Obispo de Portoviejo, determinó efectuar una fundación
en Túquerres, Colombia, para tener un posible refugio
en caso de verse obligadas a salir de dicho país. Para
esta fundación envió como superiora a la Madre
Caridad con 6 religiosas.
Con indecibles dificultades, en la pobreza más absoluta,
confiando únicamente en la Providencia de Dios, estas
jóvenes religiosas inician lo que en aquel tiempo era
una verdadera temeridad: viajar a regiones desconocidas y por
caminos casi intransitables.
Colombia
El 31 de marzo de 1893 llegaron estas valientes misioneras a
Túquerres donde recibieron una alegre y entusiasta bienvenida;
y es aquí donde empieza a escribirse la historia de la
Congregación en la cual se han suscitado grandes y pequeños
acontecimientos: alegres unos, tristes y dolorosos otros, pero
a través de los cuales siempre se manifestó la
protección de Dios.
Hechos providenciales dieron más tarde por resultado que
de la primitiva comunidad establecida en Chone nacieran para
la Iglesia dos Congregaciones Hermanas: Las Franciscanas de María
Auxiliadora con sede en Cartagena, y las FRANCISCANAS DE MARIA
INMACULADA con sede primero en Túquerres y después
en Pasto.
Dios en sus inescrutables designios tenía destinada a
la Madre Caridad, quien en esa época contaba apenas con
33 años de edad, para ser la fundadora de la Congregación
que se iniciaba en tierra colombiana.
Los primeros años en Túquerres estuvieron marcados
por la más impresionante pobreza. Hay que tener en cuenta
que las religiosas salieron del Ecuador llevando consigo únicamente
lo estrictamente necesario para su uso personal; de manera que
al instalarse en su nueva casa, carecían de todo... La
gente fue muy buena en un principio y les prestó lo indispensable,
como utensilios de cocina, mesas, sillas, bancas, etc., pero
poco a poco comenzaron a reclamarlos de manera que la situación
era de escasez absoluta y absoluta también la imposibilidad
de salir de ella.
Así comenzó la CONGREGACION FUNDADA POR LA MADRE
CARIDAD!
POBREZA
Y ALEGRIA
Ya vimos cómo la Madre Caridad y sus jóvenes religiosas
llegaron a Túquerres después de un penoso viaje
y, gracias a la ayuda de los Padres Capuchinos y de la buena
gente del lugar, pudieron organizarse para iniciar una nueva
etapa en su vida.
Como no habían llevado ningún equipaje, no tenían
cómo dotar la casa de los elementos indispensables para
vivir. Dijimos antes que las señoras les prestaron algunos
muebles, pero para sus oficios y faenas carecían de todo.
No tenían sino 3 cucharas y 3 platos; de manera que debían
almorzar y comer por tandas, pues ellas eran 7... Lo mismo sucedía
con los asientos. Tenían únicamente 3 banquitos
que los cargaban de la capilla al comedor y de allí al
lugar en donde se fueran a reunir.
¿Y qué decir del frío? Recordemos que venían
de un clima muy ardiente como es el de Chone, y de repente les
toca vivir en una región muy fría, pues Túquerres
está situada a 3.500 mts. sobre el nivel del mar; el no
tener ni abrigo ni cobijas suficiente, constituía para
ellas un sacrificio de grandes dimensiones. Pero la caridad de
los tuquerreños fue espléndida y gracias a ellos
la Congregación pudo sobrevivir. Una de las señoras
hizo una colecta entre los vecinos y recogió 227 pesos...
que entregó de inmediato a la Madre Caridad. En este entonces
el peso tenía mucho valor y por lo mismo la Madre pudo
comprar algo de lo más indispensable: ropa apropiada para
el frío y algunas cobijas.
Por la estrechez del local se tuvo que escoger para dormitorio
un corredor que a pesar de los arreglos que se le hicieron quedó
expuesto a la intemperie. Allí tuvieron que dormir las
primeras jovencitas europeas; pero todas esas penalidades las
soportaron con alegría porque su espíritu de sacrificio
era inmenso y querían seguir las huellas del pobrecito
San Francisco de Asís.
Los Padres Capuchinos les prestaron unos colchones y un benefactor
les proporcionó unas camas; ellas se sentían felices
en medio de tantas privaciones. Ni siquiera disponían
del calzado necesario; de manera que cuando se veían obligadas
a hacer una salida, debían prestárselo mutuamente;
para estar dentro de la casa, la Madre Caridad les consiguió
alpargatas porque eran más baratas y las fabricaban en
el lugar.
A todas estas dificultades hay que añadir el aprendizaje
del castellano y todos los sacrificios que trae consigo la enseñanza
a las niñas en la escuela.
Si seguimos de cerca los contratiempos, privaciones y sacrificios
de las primeras franciscanas, tenemos que reconocer que su vida
fue verdaderamente heroica.
PRIMICIAS
DE UN APOSTOLADO
Llegaba el momento de iniciar en forma la misión apostólica
de las franciscanas al frente de la cual estaba la Madre Caridad
con un pequeño grupo de jóvenes religiosas.
Era entonces obispo de Pasto, a cuya diócesis pertenecía
Túquenres, Monseñor José Manuel Caicedo
y él autorizó la fundación de la comunidad
de la Madre Caridad en Colombia para dedicarse a la educación
de las niñas y dirigir la escuela de dicha población
con el visto bueno del gobierno. La Madre Caridad, convencida
de que todas las gracias nos vienen por medio de la Virgen María,
puso esta primera obra educativa bajo la advocación de
NUESTRA SEÑORA DEL PERPETUO SOCORRO.
El l de septiembre de 1893 se matricularon 236 niñas y
129 muchachos. Al mismo tiempo se abrió el colegio con
40 internas y otras tantas externas; las tareas escolares se
iniciaron el 21 septiembre.
El edificio acondicionado para la escuela mixta, distaba varias
cuadras del convento y para el internado tuvieron que alquilar
unos cuartos cercanos a las casas de las religiosas; de manera
que la comunidad tenía que dividirse para atender a las
dos casas, lo que constituía un gran inconveniente porque
las fuerzas se restaban y el trabajo se sumaba.
La Madre Caridad era consciente de la situación y sufría
al ver el recargo de trabajo de sus hijas, pero miraba hacia
el futuro con una confianza sin límites en la Divina Providencia
y esperaba que todo el éxito del trabajo viniera de las
manos de Dios.
Terminó el primer año lectivo a satisfacción
de todos, pero el personal religioso resultaba escaso y el número
de niñas aumentaba. Algunas jovencitas del lugar, entusiasmadas
con el trabajo de las religiosas, solicitaron su admisión
en la Congregación, pero al comprobar de cerca el trabajo
rudo, las privaciones y el espíritu de pobreza en que
vivían aquellas religiosas europeas, se desanimaron y
regresaron al lado de sus padres. Las vocaciones en Colombia,
Dios las retrasaba para una época posterior.
Entonces la Madre Caridad concibió el atrevido proyecto
de viajar a Europa con el fin de traer nuevas vocaciones para
engrosar su pequeña comunidad y, salvando mil dificultades
que surgían de todas partes y en todo sentido, se embarcó
rumbo a Suiza el 12 de julio de 1894 en compañía
de otra de sus religiosas, la Madre Buenaventura. Su viaje no
fue en vano; Dios le había reservado un grupo de l2jóvenes
que llenas de entusiasmo y alegría llegaron para formar
parte de la pequeña comunidad de la Madre Caridad.
POBRE
ENTRE LOS POBRES
Cuando la Madre Caridad viajó desde Suiza al Ecuador para
iniciar su apostolado misionero, llegó a la población
de Chone en donde encontró una región paupérrima;
las gentes carecían de todo: de vivienda, ropa, alimentos,
cultura y educación. Más tarde en la fundación
de Túquerres, el panorama no fue mejor. Desde muy joven
ella pudo darse cuenta de las penurias y miserias de una gran
parte de la población donde desarrollaría su labor
evangelizadora. Ese ambiente fue muy propicio para que ella y
sus hermanas vivieran la pobreza que tanto amaban, y así
las vemos en los comienzos de la fundación experimentando
la carencia hasta de lo más indispensable.
Su vida transcurría entre continuos y heroicos sacrificios
alternando sus labores escolares con los oficios domésticos;
estos últimos debían realizarlos por la noche a
la pálida luz de una vela. De allí que en las crónicas
encontremos relatos que nos muestran muy a las claras la pobreza
de la Madre Caridad y sus primeras religiosas. En ocasiones a
las 11 de la noche les tocaba llevar enormes canastas con la
ropa lavada para colgarla o recoger la seca; no pocas veces la
lluvia interfería su labor y era preciso echar mano de
un maltrecho paraguas para favorecer la que estaba lista para
aplanchar.
La Madre Caridad, viendo a sus jóvenes hermanas con tanto
trabajo hasta altas horas de la noche, exclamaba: "¡Pobres
Hermanas!" y con el cariño de una madre, les preparaba
una reconfortante bebida para que se calentaran y pudieran conciliar
el sueño durante las pocas horas de que disponían
para el descanso, porque a las cuatro y media de la mañana
ya empezaba otra vez la jornada de aquella familia franciscana,
pobre y alegre porque todo lo hacían por amor a Dios".
Su amor a la pobreza la manifestaba no sólo en su vida
personal y comunitaria, sino en el amor y ayuda que brindaba
constantemente a los pobres. Estando en Pasto, donde se trasladó
la Casa Madre después de 34 años de permanencia
en Túquerres, la Madre Caridad ideó una manera
de ayudar a las clases más desfavorecidas y a un número
considerable de mendigos que diariamente tocaban a la puerta
del convento solicitando una limosna. Para ello organizó
lo que más tarde se llamaría "la sopa de los
pobres". Cada día se preparaba un almuerzo para los
centenares que acudían con su vasija a recibir el alimento
que la mano pródiga de la Madre Caridad les ofrecía.
Ella misma iba a la puerta donde se repartía el almuerzo
y probaba la sopa para darse cuenta de que fuera sustanciosa,
pues decía que muchos no tendrían otra comida durante
el día.
Ella, que en su hogar lo tuvo todo y hubiera podido aspirar a
una vida llena de comodidades, voluntariamente renunció
a ello para seguir al Señor pobre a imitación de
San Francisco de Asís.
VIAJERA
INCANSABLE
En su larga vida la Madre Caridad hizo infinidad de viajes; quién
sabe si sumando todos los kilómetros que recorrió
hubiera podido dar la vuelta alrededor del mundo.
Después de 100 años (1893-1993) desde la fundación
de la Congregación, no se pueden valorar, ni siquiera
imaginar las dificultades inauditas, las peripecias increíbles
y los peligros innumerables a que se expusieron la Madre Caridad
y sus jóvenes religiosas, quienes tuvieron que utilizar
todos los medios de transporte de la época: caballos,
mulas, canoas, trenes, buses, barcos, etc.
Los viajes de la Madre Caridad tuvieron todas las facetas posibles
y parecía que en cada uno de ellos, iba directamente al
encuentro con Cristo que la llamaba con la fuerza de su amor.
Hizo viajes como misionera para ayudar, motivar y animar a las
religiosas que Dios había destinado para la evangelización
entre los indígenas; viajes vocacionales, buscando y atrayendo
nuevos operarios para la viña del Señor; viajes
para fundar nuevas casas de la comunidad, abrir escuelas y colegios
o impulsar las obras que ya estaban funcionando.
Casi no podemos imaginar lo que era en aquel entonces hacer un
viaje de ocho días a caballo para cubrir una distancia
de apenas 400 kilómetros; utilizar a veces la canoa para
atravesar los ríos, porque no había puentes y dormir
en cualquier casucha donde la gente se lo permitiera. Todo esto
le sirvió a la Madre Caridad, para conocer ampliamente
la geografía, aprender muchísimo de la historia,
costumbres e idiosincrasia de las diversas regiones por las cuales
transitaba.
En los viajes de sus primeras fundaciones en tierra colombiana,
para llegar hasta las regiones habitadas por los indios, meta
que se había trazado desde un principio, tuvo que afrontar
los peligros que a cada paso se presentaban, bien por lo escarpado
del camino, o por las difíciles trochas que iban abriendo
a medida que se internaban en la selva, o también por
los medios de transporte tan rudimentarios, siendo el más
común, la silleta que los indios llevaban sobre sus espaldas,
que era el más seguro y utilizado para internarse en esas
regiones tan abruptas e inhóspitas. Por eso tantas personas
que acompañaron a la Madre Caridad y a las primeras franciscanas
en sus viajes, quedaban asombradas del valor, de la intrepidez
y de la fe de estas religiosas, para realizar semejantes expediciones,
que atemorizaban a los más valientes.
Así fue la Madre Caridad, "la viajera incansable
para la causa de Dios."
ENTRE
PANTANOS Y ABISMOS
Si leemos con cuidado las crónicas de la Congregación,
encontramos relatos muy interesantes que nos dan una idea de
las muchas dificultades, peligros y riesgos que corrieron en
los viajes tanto la Madre Caridad como sus compañeras,
porque los medios de transporte eran muy escasos y las vías
casi intransitables.
En 1903 la Madre Caridad decidió viajar nuevamente a Europa
con el fin de conseguir nuevas vocaciones para reforzar su pequeña
comunidad. Ya era una verdadera aventura hacerlo de Pasto hasta
Tumaco que era el puerto donde tomaría un buque, que después
de 6 u 8 semanas, la llevaría a Europa.
Cuando inició este viaje los caminos de herradura eran
de difícil acceso a causa de las fuertes lluvias que azotaban
la región. El único medio de transporte era el
caballo o la mula y a veces la canoa para poder atravesar los
ríos. A pesar de esa perspectiva nada halagüeña,
después de haber orado con mucha fe, la Madre Caridad
no dudó en emprender ese arriesgado viaje. Al cabo de
muchas horas de camino, muy cansadas y con hambre llegaron a
un lugar donde las inundaciones eran un obstáculo casi
insalvable para poder continuar esa arriesgada aventura. Los
vecinos y personas conocedoras de la región rogaban a
la Madre Caridad que no prosiguiera el viaje porque los caballos
y las mulas no podrían superar los obstáculos que
se presentarían más adelante. Sin embargo, la Madre
Caridad tenía gran confianza en la ayuda de Dios y animaba
a los peones para proseguir la marcha. Efectivamente, el agua
mojaba los aperos, las bestias resoplaban asustadas tanto por
el agua como por los gritos de los negros que las arriaban; las
Madres rezaban casi a gritos, porque humanamente hablando no
podrían salir de semejantes peligros sin la ayuda de Dios.
Pero la fe de la Madre Caridad, alcanzó que llegaran felizmente
al pueblo para descansar un poco, pasar la noche y emprender
al día siguiente otra jornada semejante. Ese viaje en
esas circunstancias duró ocho días, al cabo de
los cuales lograron llegar a Tumaco para tomar el ansiado buque
que las llevaría a Europa.
En otra ocasión, también a lomo de mula, se internaron
por un camino con espantosos despeñaderos.
La Madre Caridad con todo el coraje y entereza de carácter,
propio de su personalidad, animaba a los peones a seguir adelante.
El lodo les daba casi al cuello a las bestias; las viajeras tuvieron
que bajarse de sus cabalgaduras y andar por los barrancos, fueron
muchas las caídas en el pantano; a veces producía
risa el ver a las Madres totalmente cubiertas de barro. Los peones
no querían continuar, sólo el valor de la Madre
Caridad les dio ánimo para terminar ese arriesgado viaje
que duró casi una semana.
ALEGRIA
Y PAZ
San Francisco de Asís ha sido considerado como el "santo
más simpático y alegre" y realmente al lado
de sus grandes austeridades, lo encontramos cantando al hermano
sol, a la hermana luna y en general a la creación entera.
La Madre Caridad, fiel imitadora del espíritu de San Francisco,
era alegre y jovial; reía con esa risa franca y espontánea,
fiel reflejo de una conciencia tranquila que anda siempre en
la presencia de Dios.
Con frecuencia estallaba en alegres carcajadas para celebrar
los chistes que en ocasiones hacían las hermanas.
Le gustaba sobremanera sorprender a las religiosas haciéndoles
visitas inesperadas, porque veía los apuros en que se
encontraban al no tener nada listo para recibirla. Gozaba mucho
dando esas sorpresas que resultaban muy agradables para las comunidades
a las cuales llegaba.
Celebraba con especial regocijo las fiestas de Pascua de Navidad
y de Resurrección y el Día de Inocentes gozaba
haciendo bromas a sus religiosas. En una ocasión hizo
preparar unas deliciosas tortillas para el almuerzo y con gran
seriedad se dispusieron a gustarlas; ella observaba la dificultad
que tenían para cortarlas hasta que las hermanas se dieron
cuenta que las famosas tortillas eran de "algodón".
Con una de sus peculiares carcajadas a las que hicieron eco las
de las hermanas, celebraron la original inocentada.
Sus chanzas eran realmente sanas; celebraban también los
dichos y hechos graciosos que fueran espontáneos; pero
no permitía que las cosas santas fueran objeto de risas
o de burlas.
Trabajaba de todas maneras para alejar de sus religiosas la tristeza
o la melancolía y decía: "La alegría
debe florecer en el convento porque una religiosa no tiene por
qué estar triste".
En ocasiones, cuando se esperaba en la Casa Madre la llegada
de algunas hermanas que venían de cualquiera de las casas
vecinas, salía en compañía de una religiosa
por el portón de los pobres, como se llamaba la puerta
posterior del convento, y recomendaba que no lo dijeran a nadie,
pues quería dar la sorpresa a las que estaban por llegar.
Por supuesto que en ocasiones, se produjo revuelo en el convento,
cuando no se sabía a ciencia cierta dónde estaba
la Madre Caridad, quien más tarde aparecía sonriente
acompañada de las viajeras.
Su vida santa fue alegre en medio del sufrimiento, clara y transparente
como su alma y dejó un recuerdo placentero entre quienes
la conocieron y convivieron con ella.
UN ALTO
EN MEDIO DE LAS BALAS
Al comenzar el siglo XX, Colombia se vio envuelta en los horrores
de una guerra civil, que tenía el carácter de una
guerra religiosa.
Esta guerra, llamada de los Mil Días enlutó muchos
hogares y por todas partes había pobreza, desolación
hambre y miseria.
Ante estas adversas circunstancias, se clausuraron las escuelas
y los colegios. La Madre Caridad, consciente de la gravedad del
momento, ofreció al gobierno las casas de Túquerres
e Ipiales para la instalación de hospitales, y ella y
sus religiosas se constituyeron en enfermeras voluntarias para
atender a los soldados y enfermos que pronto llenaron sus conventos.
El tifo, la viruela y otras terribles epidemias comenzaron a
diezmar la población. Las religiosas restañaban
heridas, repartían pan, curaban enfermedades y acompañaban
a los moribundos en sus últimos momentos. ¡Cuántas
veces las balas pasaron silbando sobre sus cabezas! Es más
de una ocasión les perforaron el hábito, pero ellas
nunca abandonaron su puesto. Además del peligro que afrontaban,
estaban sujetas al contagio de las enfermedades que atacaron
a la tropa; 3 de estas valientes religiosas murieron víctimas
del tifo, lo que causó un intenso sufrimiento a la Madre
Caridad.
Muchos soldados murieron arrepentidos, y aunque hubo muchas conversiones,
también cuentan las crónicas de algunos que murieron
impenitentes. Tal es el caso de un revolucionario, jefe de la
artillería, quien llegó mortalmente herido; desde
un principio las religiosas multiplicaron con él las atenciones
tanto para restituirle la salud como para salvar su alma y a
la par con los remedios le hacían algunas amonestaciones,
sin ningún resultado. Siempre contestaba que él
quería ir al infierno. Varios sacerdotes procuraron atraerlo
a la conversión pero fue en vano. Como último recurso
le pusieron el escapulario de la Virgen del Carmen; entonces
no volvió a hablar pero su fisonomía era espantosa.
En un momento de descuido, el guardia le quitó el escapulario
y el soldado dando un rugido, murió. Pocos momentos después,
sin saber cómo, aparecieron dos espantosos gatos negros
que saltaron sobre el pecho del difunto, sin que fuera posible
separarlos a pesar de los golpes que les daban con los fusiles.
Pero también hubo casos muy consoladores como el de un
soldado que se presentó donde la Madre Caridad. Llevaba
un escapulario, y contaba que en el ardor del combate una bala
le dio en el pecho y al chocar con el escapulario lo perforó
pero a él no le causó ningún daño.
El servicio humanitario de la Madre Caridad demuestra cómo
su corazón y su mente estaban siempre atentos para remediar
las necesidades de los demás aún a costa de su
vida o la de sus hermanas.
UN AMIGO,
UN PADRE, UN GUIA
En todas las circunstancias que parecen casuales, se ve cómo
la Providencia de Dios va trazando hasta los detalles más
insignificantes para realizar la obra que ha encomendado a sus
criaturas.
Fue así como de manera admirable, apareció en los
comienzos de la fundación de la Congregación de
la Madre Caridad, un hombre señalado por Dios, para ser
el apoyo moral, el conductor y el guía experto para que
la naciente familia religiosa, se pudiera consolidar. Su nombre
se guarda con veneración y gratitud: PADRE REINALDO HERBRAND.
Nació en Alemania e hizo sus estudios para dedicarse al
magisterio; además tomó clases de música
y llegó a ser un magnífico compositor. Cuando Monseñor
Schumacher estuvo en Europa buscando auxilios para su diócesis,
se encontró con el joven maestro Reinaldo Herbrand a quien
le habló del tremendo problema que significaba la carencia
de sacerdotes en una región tan extensa como era su diócesis.
Esto despertó en él un inmenso deseo de ayudar
en esas tierras de misión y poco tiempo después
viajó al Ecuador, en donde más tarde ingresó
al seminario en Quito y fue ordenado sacerdote por el mismo Monseñor
Schumacher.
En 1895 la francmasonería desató en el Ecuador
una sangrienta revolución. El señor Obispo, el
padre Reinaldo y otros sacerdotes alemanes, se vieron obligados
a huir, pero fueron capturados en el refugio que les habían
dado las Benedictinas en su convento. Uno de los revolucionarios
apuntaba con el fusil para descargar un tiro al padre Reinaldo,
pero la intervención de una religiosa impidió que
lo mataran.
Finalmente pudieron salir del Ecuador y encontraron albergue
en el convento de las franciscanas de la Madre Caridad en Túquerres,
en donde fue nombrado capellán por el señor obispo
de Pasto. Desde entonces quedó fuertemente vinculado a
la naciente congregación hasta el día de su muerte
acaecida el 29 de diciembre de 1925.
Así Dios deparó a la Madre Caridad el guía
que necesitaba en un camino desconocido, cuando ella no veía
claro el futuro que se avecinaba. El P. Reinaldo, gran pedagogo
y músico fue el orientador insustituible de la naciente
Congregación dedicada al apostolado de la enseñanza.
Ayudó incansablemente en la formación de las profesoras
y se preocupó para que las religiosas destinadas al magisterio
tuvieran sólidas bases de pedagogía y metodología
educativa.
Dios premió el amor y veneración que la Madre Caridad
profesó siempre a los sacerdotes, dándole como
apoyo y guía espiritual de su Congregación al eminente
y sabio pedagogo padre Reinaldo Herbrand.
UN SANTO
PROTECTOR: SAN JOSE
La Madre Caridad, por medio de la oración, resolvía
todos los problemas que se le presentaban. Tenía una gran
devoción a la Virgen Santísima y especial predilección
a San José, de quien recibió muchos favores. Entre
ellos la adquisición de la casa de formación en
Suiza.
Como iban surgiendo muchas vocaciones se necesitaba una casa
para formar alas futuras misioneras. Entonces el padre Herbrand
viajó a Suiza en 1908, para conseguir un lugar apropiado
a este fin. Esto no era fácil pero contaba con la ayuda
de San José, puesto que tanto la Madre Caridad como las
Hermanas y el mismo padre Reinaldo habían puesto esta
empresa bajo su protección.
En una de sus correrías llegó a Tubach, donde era
párroco un sacerdote cuya fama de santidad era conocida
en todas partes. Lo primero que el padre Herbrand vio en el pueblo
fue una casa blanca en cuyo mirador se levantaba una estatua
de San José e inmediatamente pensó: "Esta
es la casa donde se van a preparar las futuras franciscanas de
la Madre Caridad". El P. Herbrand manifestó al virtuoso
sacerdote la empresa que tenía entre manos; éste
le dijo que él estaba tratando de comprar esa casa para
atender a numerosos enfermos que acudían allí,
pero que con gusto renunciaría a su propósito con
el fin de que pudiera adquirirla para las futuras misioneras
que irían a Colombia. El padre Herbrand agradeció
al párroco su generosidad y la promesa que le hizo de
seguir ayudándole. Sintió inmensa alegría
al ver que se realizaba el propósito de su viaje y al
mismo tiempo estaba afligido porque no tenía el dinero
para comprar esa casa. Pero de inmediato San José le hizo
sentir su ayuda, cuando providencialmente un amigo le obsequió
10.000 francos suizos que era el valor exacto que necesitaba
para cubrir el valor de la compra.
Otro suceso milagroso se narra en la crónica. Durante
la guerra de los Mil Días, el padre Herbrand, quien era
entonces también capellán del ejército,
se contagió del tifo que lo hubiera podido llevar al sepulcro.
la Madre Caridad sabia que los médicos lo habían
desahuciado, y el señor obispo y los sacerdotes alemanes
compañeros del destierro, lo asistían en los últimos
momentos. Entonces la Madre Caridad, recordando que también
el P. Herbrand era gran devoto de San José, quiso arrancarle
un milagro a Dios por intercesión de este Santo y prometió
que durante toda la vida, ella y su Congregación rezarían
las oraciones de los siete dolores y gozos de San José.
Parece que a Dios le agradó la promesa, porque inmediatamente
comenzó la mejoría del padre, quien sobrevivió
muchos años para guiar y apoyar a la Madre Caridad en
la consolidación de su joven Congregación.
Estos hechos nos manifiestan claramente cómo la devoción
de la Madre Caridad a San José, fue confirmada con la
ayuda milagrosa de Dios por medio de tan insigne protector.
HACIA
LOS INDIGENAS EN LA SELVA
La Madre Caridad, fiel al propósito por el que había
venido a América:"extender el Reino de Dios",
estaba dispuesta a llevar el mensaje del evangelio a las regiones
más abandonadas, aunque el clima o las condiciones ambientales
no fueran las más favorables. Para su espíritu
misionero no contaba el tiempo ni había lugar inaccesible;
por eso no vaciló en aceptar la petición del Prefecto
Apostólico del Caquetá, el capuchino español
Fray Fidel de Montclar, para hacer una fundación en esas
inhóspitas regiones de Colombia. Fue así como el
18 de septiembre de 1908 salió de Túquerres el
primer grupo de misioneras franciscanas hacia el valle de Sibundoy,
habitado por indígenas, iniciándose con ello una
nueva etapa en la historia de la joven Congregación de
la Madre Caridad.
Esta expedición la encabezaba el padre Reinaldo Herbrand,
capellán de las religiosas en Túquerres, quien
fue el brazo derecho de la Madre Caridad y desempeñó
un papel importante a lo largo de las primeras décadas
de la historia de la Congregación.
En aquella época no había rastro de camino; se
requería valor para internarse por esas intrincadas selvas
donde era necesario que los indios fueran adelante cortando arbustos
y malezas para abrir trochas. El único medio de transporte
para salvar ríos, abismos y en general pasos de difícil
acceso era la no muy cómoda silleta que los indios sostenían
a la espalda. De esta forma y a pie, a lo largo de varios kilómetros,
venciendo innumerables dificultades y confortadas sólo
con el anhelo de hacer conocer el nombre de Cristo, las valientes
franciscanas atravesaban aquellos escabrosos senderos, hasta
entonces desconocidos para ellas. Poco a poco se internaban en
la espesura de la selva y en silencio pasaban horas y horas saltando
barrancos, enterradas en los pantanoso hundiéndose hasta
la rodilla en las heladas aguas de esos páramos, siempre
a merced de los indios que con su lenguaje ininteligible y sus
maneras recelosas no les inspiraban ninguna confianza. A todo
este se sumaba el hambre, porque los indios muchas veces robaron
los víveres que ellas llevaban para el camino.
Después de 3 días de penalidades llegaron a la
población indígena llamada SANTIAGO. El paisaje
allí es bellísimo, pero antes de gozar de él,
tuvieron que atravesar un páramo para llegar a un sitio
llamado El Bordoncillo, a 3.800 metros de altura, ateridas de
un frío casi glacial que las azotaba fuertemente. Años
atrás era muy temido El Bordoncillo y los indios evitaban
el paso por esas regiones, temerosos de morir víctimas
del frío, como había sucedido a otros viajeros,
ya que en varias ocasiones se encontraron cadáveres insepultos
en aquellos lugares.
Así comenzaron las fundaciones entre los indígenas.
Pronto se tendrían otras en Samaniego, Puerto Asís,
Mocoa y en las islas de San Blas.
UNA
LUZ EN EL OCEANO
El espíritu misionero de la Madre Caridad la impulsaba
a correr todos los riesgos para llevar la evangelización
a las regiones más apartadas buscando siempre la gloria
de Dios. Por esto dirigió su mirada a la inmensidad del
Atlántico donde se encuentra el archipiélago de
San Blas, en algunas de cuyas islas los misioneros claretianos
desarrollaban su actividad evangelizadora con los indio "Kunas",
y como necesitaban ayuda de religiosas pidieron a la Madre Caridad
que destinara algunas Hermanas para esa misión.
El 18 de septiembre de 1928, con la bendición de la Madre
Caridad, partieron 4 Hermanas del puerto de Colón, en
Panamá, para iniciar la labor misionera en Narganá.
El viaje lo hicieron en una embarcación que ni siquiera
tenía camarotes; toda la noche debían pasarla al
aire libre y no tenían ni un banco para sentarse. Sobre
un cajón envueltas en sus mantos, pasaron en vela hora
tras hora hasta que, vencidas por el cansancio se adormecieron.
Después de 16 horas de viaje llegaron a Narganá;
los indígenas las recibieron con grandes demostraciones
de cariño, y el Sahila (Jefe del pueblo) los amonestó
para que correspondieran a la buena voluntad con que las Hermanas
llegaban para habitar con ellos en la isla.
Cuatro años más tarde la Madre Caridad, a pesar
de su avanzada edad, decidió ir a visitar a sus hijas
misioneras. Afrontando las dificultades de un viaje de tal naturaleza,
navegó toda la noche en una incómoda embarcación,
rumbo al archipiélago de San Blas.
Al amanecer llegaron a la isla "Sagrado Corazón".
Para ir a la de Narganá, meta de su viaje, tenían
que pasar un puente de 200 metros de largo por 2 de ancho que
se bamboleaba tremendamente a medida que se caminaba sobre él.
Algunos indios quisieron llevar en canoa a la anciana Madre Caridad,
pero ella con paso firme caminó resueltamente por el balanceante
puente, lo que hizo exclamar a los indios: "¡Qué
Hermana tan valiente!".
Una vez en Narganá se interesó por conocer las
costumbres y modo de vivir de sus habitantes. Con alegría
recorría la isla y gozaba al ver la obra realizada por
sus Hermanas. Se sentía feliz de compartir con ellas las
privaciones, los sacrificios y el trabajo para llevar el mensaje
de Dios a esas regiones. Fue a visitar el cementerio; se conmovió
profundamente al ver entre las tumbas de los paganos alzarse
una sola cruz: la de la primera franciscana muerta en estas lejanas
tierras de misión. Al verla, la Madre prorrumpió
en llanto, pero pronto recobro la serenidad y dijo: "Los
grandes sacrificios que han hecho para perseverar en la misión,
no han sido inútiles".
Así se confirmaba nuevamente el valor y el coraje de esta
mujer privilegiada que Dios envió desde el viejo continente
a cumplir una misión redentora en tierras de América.
LA PEDAGOGIA
DEL AMOR
Ya sabemos que la Madre Caridad nació en Suiza, el país
que con justicia se ha considerado la cuna de los más
eximios pedagogos del mundo. Ella fue educada en los mejores
colegios y quizá desde muy temprana edad tuvo una verdadera
mística por la educación que se fue incrementando
con sus amplios conocimientos pedagógicos.
Su labor apostólica en Colombia la inició en la
escuela de Túquerres donde concurrían niñas
muy pobres que ni siquiera conocían los fundamentos de
la vida cristiana. La Madre Caridad y sus religiosas se empeñaron
en formar la mente y el corazón de los niños y
adultos que acudían a la escuela.
Con el correr del tiempo, abrió centros de educación
secundaria y comenzó una serie de fundaciones de colegios
con el fin de formar y orientar la juventud femenina.
La base de la pedagogía de la Madre Caridad fue educar
en la "responsabilidad" con fuertes raíces en
el amor. Amaba a las niñas y quería que sus franciscanas
fueran maestras competentes para poder desempeñar un gran
papel en la misión educadora de la Iglesia.
Era psicóloga insuperable y ella y sus religiosas procuraban
dar siempre la palabra oportuna, la orientación precisa
y el ejemplo edificante a sus alumnas.
Se cuenta que en cierta ocasión, una profesora cansada
de la insubordinación y poco rendimiento en el estudio
de una de sus alumnas, la llevó donde la Madre Caridad.
Después de darle las quejas esperaba que la Madre le hiciera
una fuerte corrección para que la niña se enmendara.
Pero la Madre Caridad se quedó observándola fijamente
y luego dijo en voz baja a la religiosa: "¿Cómo
quiere que se esfuerce en aprender y vencer la distracción?
Obsérvela: tiene las orejas transparentes; eso es indicio
de desnutrición. Llévela a la cocina, hágale
tomar un buen alimento y verá como se transforma".
Este corto episodio es uno de tantos, en los cuales se demuestra
que la Madre Caridad, como buena psicóloga, buscaba prudentemente
las causas del bajo rendimiento de las alumnas para remediarlas.
Ella amaba a la niñez y con predilección a la más
desamparada; protegía a la juventud, y quería que
sus religiosas educaran a las alumnas según la consigna:
"Toda educación debe hacer sentir a las niñas
su dignidad humana, estar impregnada de Dios y tener como centro
la Eucaristía".
MAS
ALLA DEL PRESENTE
Dios elige a ciertas personas para que realicen grandes cosas
y generosamente les concede gracias especiales para cumplir la
misión.
Entre los muchos dones concedidos a la Madre Caridad, es digno
de mencionar la capacidad de intuir acontecimientos que iban
a suceder, y de leer en el rostro de sus Hermanas, como en libro
abierto, sus inquietudes y preocupaciones. Dios permitió
que en ocasiones Sintiera desde lejos algún peligro que
las amenazaba.
En cierta ocasión, cuentan las crónicas, viajaban
algunas Hermanas por los escarpados caminos de la misión;
cansadas de montar a caballo, resolvieron andar un trecho a pie...
De pronto oyen un ruido espantoso en la falda de la montaña;
ellas con gran terror comienzan a correr; en ese preciso instante,
rodando desde la altura cae despeñado un enorme toro que,
dando un espantoso rebote, fue a parar a un segundo abismo. Las
religiosas no se cansaban de dar gracias a Dios por haberlas
salvado del peligro porque hubieran podido derrumbarse por el
precipicio. Precisamente en ese mismo momento, la Madre Caridad
había suspendido sus quehaceres y se había ido
a rezar implorando el auxilio divino para sus hermanas, porque
ella había presentido, como silo estuvieran viendo, el
peligro en que estaban las religiosas. Por eso, cuando éstas
regresaron, la Madre les preguntó con gran ansiedad: "¿Qué
les ha pasado? tuve una angustia inmensa y he rezado incesantemente
por ustedes, sabiendo que estaban en grave peligro".
En otra ocasión, cuando toda la comunidad disfrutaba de
un rato de expansión y alegría, repentinamente
la Madre Caridad hizo suspender el recreo y pidió a sus
Hermanas que fueran todas a la capilla a rezar; lo hacía
como conjurando un peligro que presentía. Efectivamente
a los pocos días se supo que a la misma hora, la superiora
de una de las casas de la misión casi se ahoga en el río
Putumayo, cuando la canoa que la conducía estuvo a punto
de naufragar.
En ocasiones, mirando la cara de alguna de sus religiosas descubría
tristezas o angustias ocasionadas a veces por la nostalgia de
la patria, y ante el asombro de la Hermana que no le había
manifestado su estado de ánimo, la Madre Caridad le dirigía
oportunas palabras de esperanza, de consuelo o de ayuda que para
sus jóvenes religiosas eran como una luz venida de lo
alto y una fuerza para superar todas las dificultades.
La clarividencia de los acontecimientos fue un don de Dios para
la Madre Caridad con el cual ella pudo dar muchas veces ayuda
oportuna a sus Hermanas.
DE LAS
TINIEBLAS A LA LUZ
Los años van pasando...la vida ha dejado sus huellas en
el cuerpo de la anciana Madre Caridad y Dios permite que sufra
una de las más grandes tribulaciones que puede experimentar
el hombre: la ceguera.
La Madre Caridad, hasta entonces vigorosa y fuerte, comenzó
a experimentar una angustia sin igual, cuando notó que
se volvía ciega, que las cosas Iban perdiendo ante sus
ojos la forma y el colorido y se envolvía en una penumbra
abrumadora. Ya no distinguía el rostro de sus Hermanas...
ya no podía leer la Santa Regla... quedaba en total dependencia
de lo que buenamente le hicieran las demás.
Con la sencillez de una niña y la humildad de una persona
fuertemente estructurada en el amor a Dios, aceptó todas
las situaciones inherentes a su incapacidad física. Impedida
para valerse por sí misma escuchaba la lectura de las
cartas que le enviaban sus religiosas, a veces ella misma dictaba
la respuesta o dejaba que la Madre Secretaria lo hiciera; igualmente,
pedía que le leyeran trozos de algún libro de espiritualidad,
que le sirviera para seguir alimentando su vida de oración.
Es difícil imaginar, a la fundadora y a la vez Superiora
General, reducida a una situación tan deprimente.
Pero la Madre Caridad recibió la gracia de afrontar ese
escollo como una prueba de Dios, para que su Congregación
se purificara cada vez más y se hiciera fuerte ante el
dolor.
Como en aquella época no se encontraban en Pasto, los
recursos médicos indispensables para atender un caso de
esta magnitud, las religiosas de Panamá escribieron diciendo
que allá había una clínica de mucha fama
y oftalmólogos eminentes que podrían practicar
una cirugía a la Madre Caridad para devolverle la vista.
Se corría un gran riesgo, pero era preciso afrontarlo.
Los viajes eran todavía muy difíciles; desde Pasto
hasta el puerto de Tumaco, se gastaban tres días, y desde
allí se debía tomar un vapor que viajara rumbo
a Panamá. Sin embargo, a los 77 años de edad, la
Madre Caridad se somete a todas esas dificultades, confiando
en que Dios le concederá de nuevo la vista, para poder
continuar la obra que El mismo le había señalado.
Efectivamente, en Panamá un eminente médico le
practica la operación de las cataratas de ambos ojos;
pero cuando le quitan las vendas la Madre no ve nada... El médico
determina hacer una nueva intervención; la ansiedad y
la expectativa son grandes, pero más grande es la fe y
la confianza de la Madre Caridad. Después de unos días
de reposo, se realiza el prodigio. La Madre Caridad ha recuperado
la vista.
Nadie podrá describir lo que eso significa para una persona...
y más para ella, si se tienen en cuenta sus grandes responsabilidades
como Madre y Fundadora de la naciente Congregación.
POR LA
SENDA DE LA SANTIDAD
Esta mujer excepcional, cuya vida podría ocupar muchas
páginas y que simplemente se llama "La Madre Caridad",
tuvo unos dones y carismas de Dios verdaderamente asombrosos
que dieron a su Instituto el sello de su espiritualidad. Miremos
algunos aspectos notables.
En Dios y con Dios
De San Francisco de Asís se dijo que "era el hombre
hecho oración"; algo semejante se podría decir
de la Madre Caridad. Ella vivió en una atmósfera
impregnada de la presencia de Dios; sus trabajos, el gobierno
de su Congregación, en fin todo lo hizo en una comunicación
continua con el Señor. Con su profundo espíritu
de oración alcanzó de Dios innumerables gracias
y favores singulares a lo largo de toda su vida.
Amor y Donación
Parece que su nombre fuera el eco de esta virtud que practicó
en grado admirable y que no se cansaba de recomendar a sus religiosas.
Ella, como San Pablo, podía decir: "La caridad todo
lo soporta, todo lo perdona, todo lo tolera, no toma en cuenta
el mal". Cuántos ejemplos y lecciones de caridad
heroica se encuentran a lo largo de su existencia porque esta
virtud constituyó ciertamente la esencia de su vida.
Sencillez y Humildad
Es propio de las personas humildes que cuanto más alto
llegan en el desempeño de la misión que Dios les
confía, más reconocen su propia debilidad e incapacidad
y todo lo atribuyen a la gracia y a la misericordia de Dios.
Así fue la vida de la Madre Caridad; ella nunca hablaba
de sus sacrificios, ni de sus trabajos ni de sus éxitos;
siempre rechazaba la alabanza y jamás se atribuía
el mérito de las grandiosas obras que realizaba. A veces
fue calumniada, pero no quería consuelo, sino que con
ánimo generoso perdonaba las ofensas.
María en su Vida
Desde niña conocía muchos santuarios en los que
se honra de manera especial a la Madre Dios; las peregrinaciones
que hacía a esos lugares iban arraigando su devoción
a la Virgen Maria. Fueron numerosos los consejos que dio a las
maestras para que, como educadoras, inculcaran en las niñas
el amor a la Santísima Virgen.
Durante su vida pero especialmente cuando la enfermedad y la
ceguera le impidieron leer, desgranó miles de veces las
cuentas de su rosario, honrando con esta devoción a la
Madre de Dios.
Sin alardes ni pretensiones, la Madre Caridad iba plasmando la
imagen de Jesús y de María en su propia alma.
GRANDEZA
EN LA SENCILLEZ
Hay en los anales de la Historia, relatos interesantes que son
una contraposición en la vida de sus protagonistas pero
que los enaltecen e insensiblemente despiertan admiración
y cautivan a quienes los conocen. Son personajes ilustres que
han alcanzado la cumbre de la gloria según el pensar y
el decir de los humanos; pero ellos, parece que despreciaran
los honores que les tributan o los elogios que reciben y sencillamente
siguen su vida sin detenerse en glorias pasajeras.
La Madre Caridad fue una de esos seres que de vez en cuando aparecen,
pasan casi desapercibidos y sólo después de su
muerte, se valora su personalidad y su obra. Todo eso, porque
una cualidad, una virtud muy especial, fue la que enmarcó
su vida: LA SENCILLEZ.
Cuando se repasan los múltiples acontecimientos, las tantas
idas y venidas, las entrevistas y visitas de personajes ilustres
con quienes la Madre Caridad se cruzó en su vida, es cuando
se admira esa virtud, propia de almas muy grandes y generosas
que no buscan su propio engrandecimiento sino, como en el caso
de la Madre Caridad, la gloria de Dios y el bien de los demás.
Siendo Superiora General, cuando se disponía a visitar
las fundaciones que había hecho, los habitantes del lugar,
para darle la bienvenida preparaban desfiles, adornaban las calles
con guirnaldas y llevaban bandas de música; pero la Madre
buscaba la manera de evadir esos homenajes y algunas veces adelantó
la llegada para no tener que recibir los honores ni escuchar
los discursos elogiosos para su obra o su persona.
Cuando cumplió 60 años de Profesión religiosa,
se preparó en la Casa Madre una celebración eucarística
solemne y se llevó un magnífico orador sagrado
para dirigir la palabra y felicitar a la Madre Caridad. Cuando
terminó la ceremonia, le preguntaron qué opinión
le merecía la homilía, y ella con la sencillez
de un niño contestó: "Yo no oí nada,
porque como en estas ocasiones suelen decir muchas alabanzas
que uno no merece, yo me puse a rezar mientras tanto".
En varias ocasiones aparecía repentinamente en la cocina,
y la Hermana encargada del oficio veía con asombro y edificación
cómo la Madre Caridad ayudaba en la preparación
de las grandes ollas de sopa para los pobres; luego salía
sigilosamente para ocuparse de nuevo en el trabajo relacionado
con los asuntos de la Congregación.
La sencillez hace grandes a quienes la practican; así
sucedió con la Madre Caridad como pueden testimoniarlo
quienes la conocieron y vieron sus actuaciones a través
de los años.
SU LEMA
"Todo por amor a Dios y como El lo quiere" fue el lema
con el que la Madre Caridad quiso sellar todas sus acciones,
enmarcar sus actividades, y aceptar todas las dificultades o
las pruebas que el Señor le enviara a ella y a su Instituto.
En la vida de la Madre Caridad fueron muchas las ocasiones en
que el Señor le pidió sacrificios inmensos y le
envió a ella y a su pequeña Congregación
pruebas muy grandes, en las cuales ella trataba de descubrir
y aceptar con amor y fidelidad la voluntad de Dios.
La epidemia de tifo que diezmó el noviciado fue uno de
los más dolorosos sufrimientos de la Madre Caridad.
Corría el año de 1930; hacía muy poco se
había iniciado la Adoración Perpetua en Maridíaz
y la nueva capilla estaba próxima a inaugurarse, cuando
sobrevino una espantosa epidemia de tifo que atacó a la
comunidad. Las primeras contagiadas fueron las novicias europeas.
Como medida preventiva para evitar el contagio se resolvió
vacunar a todo el Noviciado, pero la consternación llegó
al colmo, cuando se constató que sólo 10 podían
ser vacunadas, porque en todas las demás ya se había
inoculado la enfermedad en mayor o menor grado. Se agotaron todos
los recursos de la ciencia médica; se aislaron las que
estaban enfermas para que no se contagiaran las demás;
sin embargo, en el corto período de dos meses murieron
una tras otra, seis novicias y una religiosa joven. El corazón
de la Madre Caridad estaba despedazado por la pérdida
de quienes eran la promesa de un futuro próspero para
su Congregación. Fueron muchas las lágrimas que
derramó ante el féretro de sus jóvenes novicias
y fue inmenso su dolor para comunicar a las familias en Suiza,
tan triste noticia. Pero siempre repetía: "Todo por
amor a Dios y como El lo quiere".
Mientras tanto, se estaban terminando los trabajos para inaugurar
la nueva capilla eucarística; unas novicias, dirigidas
por una experta religiosa, preparaban un barniz especial para
dar el acabado al techo de madera; de repente, por cualquier
descuido, el barniz hirviendo rebosó la caldera y convertido
en llamas amenazaba un incendio voraz. Una de las novicias, comprendiendo
el peligro de que la capilla se redujera a cenizas, agarró
la caldera y la arrojó lejos; su compañera se tiró
a una zanja para evitar que las llamas la alcanzaran; inmediatamente
con tierra y arena, los obreros conjuraron el incendio que hubiera
podido ser de proporciones gigantescas.
A éstas y otras muchas calamidades, tristezas, angustias
y preocupaciones, la Madre Caridad se doblegaba ante la voluntad
de Dios repitiendo: "Todo por amor a Dios y como El lo quiere".
UN SOL
QUE IRRADIA AMOR
Uno de los grandes anhelos de la Madre Caridad era el de obtener
del Santo Padre el permiso para que, en la capilla de la Casa
Madre, el Santísimo Sacramento estuviera expuesto en la
custodia de día y de noche, porque la Eucaristía
debía ser el centro de la vida de las religiosas de su
Congregación.
Desde años atrás estuvo alimentando esta aspiración,
y ya en 1910 ella misma llevó desde Cartago a Túquerres
la primera colmena para que la cera de las abejas se empleara
luego en los cirios que servirían para el alumbrado del
Santísimo.
Una vez en Pasto, a donde se trasladó la Casa Madre que
durante 34 años estuvo en Túquerres, la Madre Caridad,
por medio del señor Obispo de Pasto Monseñor Antonio
María Pueyo de Val, dirigió al Santo Padre la petición
de que le concediera la gracia de la Adoración Perpetua.
Ella le había manifestado al señor Obispo que no
tendría dificultad en el sostenimiento de la velación,
consistente en los doce cirios de cera de abeja que constantemente
debían estar encendidos ante la Divina Majestad, pues
en varias casas de la comunidad se había incrementado
la apicultura; ella misma y otras religiosas aprendieron y enseñaron
el cuidado de las abejas y la fabricación de los cirios.
El 21 de julio de 1928 el señor Obispo le dio la noticia
de que el Santo Padre había concedido el permiso de establecer
la Adoración Perpetua en la Casa Madre. Se pensó
que la fecha más adecuada sería el 19 de agosto,
porque en esta fecha estarían reunidas 120 religiosas
en la Casa Madre asistiendo a los ejercicios espirituales. No
obstante, el señor Obispo comunicó que él
iría personalmente a exponer el Santísimo el 22
de agosto. Esta fecha era sumamente significativa para la Madre
Caridad porque el 22 de agosto de 1882 había pronunciado
sus votos religiosos en la capilla del convento de Altstatten
en Suiza, y en esa misma fecha tendría la alegría
inmensa de ver inaugurada la Adoración Perpetua.
Fue un día de fiesta sin igual: 19 cirios que representaban
las 19 fundaciones existentes y que habían sido elaborados
con la cera de las abejas, alumbraban al Señor expuesto
en la Custodia; las rosas de los floreros fueron cortadas del
jardín que cultivaban las novicias. Gran número
de religiosas estuvieron presentes y solemnizaron el acto con
cantos cuidadosamente preparados para este acontecimiento uno
de los más importantes en la vida de la Congregación.
Todo fue alegría y júbilo, oración y plegarias.
Desde entonces hasta hoy la Divina Majestad está de día
y de noche expuesta para la adoración de los fieles, como
pararrayo para la ciudad, la Congregación y el mundo entero.
AMOR Y
VENERACION A LOS SACERDOTES
En la vida de San Francisco de Asís se destaca admirablemente
el respeto y amor por los sacerdotes. Quería que se les
tuviera gran veneración porque por ellos Cristo se hace
presente en la Eucaristía, llevan el sello indeleble de
su consagración y serán sacerdotes por toda la
eternidad.
La Madre Caridad, fiel seguidora de las enseñanzas del
Santo, siempre respetó la dignidad del sacerdote; no permitía
que se hablara mal de ninguno y cubrió con el manto de
la caridad las faltas que se llegaran a conocer de algunos de
ellos.
Cuando recibía la noticia de algún sacerdote que
se había alejado de su compromiso sacerdotal, intensificaba
su oración y súplicas hasta obtener que la oveja
descarriada volviera al buen camino; hay testimonios fidedignos
de la conversión de algunos, merced a su constante oración.
Pedía a las religiosas que rezaran mucho por los sacerdotes
porque ellos son especialmente la luz del mundo y la sal de la
tierra; ella misma daba el ejemplo de su frecuente y fervorosa
oración por su santificación.
El Seminario era objeto de su especial interés y ayudaba
económicamente a los estudiantes pobres a fin de que pudieran
culminar sus estudios para el sacerdocio; por eso llegó
a ser "Madre espiritual" de muchos sacerdotes. Para
ella la fiesta más grande era la de la Primera Misa y
a muchos les regaló los ornamentos o vasos sagrados para
esta solemnidad. Repetía que en su tierra se decía
que bien valía la pena caminar hasta gastar un par de
zapatos para asistir a una Primera Misa. Los obispos que la conocieron
la estimaron por todo cuanto hacia espiritual y materialmente
por ellos y por los sacerdotes, pues ella puso a su servicio
los tesoros de su caridad. Para Monseñor Schumacher, el
santo obispo en cuya diócesis trabajaron las franciscanas
cuando llegaron de Suiza, ella fue el consuelo y la "providencia"
prodigándole cuidados especiales en sus últimos
días cuando estuvo enfermo a causa del tifo que contrajo
en el ejercicio de su misión pastoral.
Igualmente a Monseñor Perea, obispo que fue de Pasto,
le prestó los más delicados servicios y dedicó
tres religiosas para que lo atendieran durante su larga enfermedad
hasta la muerte.
Esta veneración y amor al sacerdote por su ministerio
es un distintivo de la Congregación fundada por la Madre
Caridad.
UN CIRIO QUE SE APAGA
Al igual que las aguas de los ríos corren implacablemente
hasta desembocar en la inmensidad del océano, la vida
de la Madre Caridad, fue siguiendo su cauce hasta llegar al encuentro
del océano infinito de la misericordia de Dios.
La plenitud de su vida, alcanzó la cumbre de los 83 años.
Echando una mirada retrospectiva, veía los comienzos de
su incipiente comunidad y el pequeño grupo de jóvenes
con quienes inició esa odisea de amor y de evangelización.
Ahora al final de sus días podía ver su Congregación
segura, consolidada y pujante, trabajando para la gloria de Dios.
En realidad no tuvo una enfermedad definida que la llevara a
la tumba; eran las consecuencias de tantos años cargados
de responsabilidades y de preocupaciones; los resultados de los
miles de kilómetros de viajes incómodos, de privaciones
sin cuento, de austeridades y de pobreza que fueron dejando sus
marcas en un cuerpo frágil que encerraba un alma de acero.
Ella había dicho siempre al Señor que, cuando la
Congregación tuviera aprobadas las Constituciones por
el Santo Padre y una buena superiora general al frente de la
misma, entonces descansaría en paz. Y ciertamente, esas
condiciones se habían cumplido.
Empezaba el año de 1943. Hacía poco se había
elegido la nueva Superiora General, para relevar en el cargo
a la Madre Caridad, cuya edad avanzada y los achaques propios
de la misma, le hacían imposible continuar en el cargo.
La Madre estaba satisfecha y tranquila y cada día se preparaba
para ese encuentro definitivo con Dios.
En las horas de la mañana del 27 de febrero recibió
los sacramentos de la confesión y de la comunión.
Algunas religiosas la visitaron y departió con ellas fraternalmente.
A las 3 de la tarde la Hermana enfermera se disponía a
llevarle una medicina, cuando la Madre se incorporó en
su lecho de enferma y dijo: "Jesús, me muero".
Fueron sus últimas palabras.
Apenas se divulgó la noticia de su muerte, todo Pasto
se conmovió y empezó una verdadera romería
hacia Maridíaz. El martes 2 de marzo se celebraron los
funerales en la catedral; terminada la ceremonia religiosa el
cortejo fúnebre se dirigió hacia la capilla eucarística
de Maridíaz a cuya entrada se había preparado la
tumba que guardaría sus despojos mortales.
Este desfile apoteósico no era un entierro, era el principio
de su glorificación, era la exaltación de la vida
de la Madre Caridad que como un cirio había ardido ante
el altar de la voluntad de Dios y dejaba de alumbrar en este
mundo para encenderse con una nueva luz de eternidad.
RELIQUIAS
DE UN PASADO
En el año de 1967 se efectuó la exhumación
de los restos de la Madre Caridad que reposan a la entrada de
la capilla eucarística de Maridíaz, en Pasto. Una
de las razones para hacerlo, fue la de verificar el grado de
humedad de la tumba, pues por allí pasa una corriente
de agua subterránea.
Efectivamente, el 30 de mayo de dicho año, ante representantes
de las autoridades civiles y eclesiásticas y en presencia
de las religiosas reunidas con motivo del capítulo general,
se hizo la exhumación. A pesar de las precauciones que
se tuvieron el día del sepelio, el agua se había
infiltrado llenando el fondo de la fosa y la caja mortuoria de
manera que los restos de la Madre Caridad, estaban completamente
húmedos.
Con general sorpresa se encontró que el hábito
con que había sido enterrada estaba en perfecto estado,
a pesar de haber permanecido sepultado por espacio de 24 años.
Todos los objetos de uso de la Madre Caridad que se pudieron
coleccionar junto con el hábito encontrado sin deterioro
en el sepulcro, se conservan como piadosa recordación
en la Casa Madre en Maridíaz y en el Museo Histórico
"Madre Caridad" de la Casa General en Bogotá.
Un hecho milagroso se realizó cuando se exhumaron los
restos de la Madre Caridad. Un obrero, fiel colaborador en los
trabajos del convento, había sufrido un grave accidente
al caerse de un andamio. Se le practicó una cirugía
bastante complicada y el pronóstico final fue que su brazo
quedaría totalmente paralizado. El enfermo pedía
con mucha insistencia la curación a la Madre Caridad.
Una noche soñó que la Madre le decía que
su tumba estaba inundada de agua y de lodo. Preocupado por esto
lo comunicó a la Madre General de la Congregación,
quien al principio no le prestó mucha atención
pero al considerar más tarde al asunto, determinó
efectuar la exhumación. Al saberlo, el obrero pidió
que lo llevaran a la tumba de la Madre para presenciar el trabajo.
Una vez allí no quiso ser simple espectador sino que bajó
a la tumba para ayudar a la remoción de todo cuanto la
cubría. Al contacto con los restos mortales de la Madre
se sintió inmediatamente curado porque su brazo recobró
inmediatamente el movimiento. No cabía en sí de
alegría e inmediatamente proclamó: "Yo doy
fe de que mi curación es un milagro de la Madre Caridad".
Dios se manifestó de muchas maneras a lo largo de la vida
de la Madre Caridad y quiso hacerlo también después
de su muerte.
HACIA
LA GLORIFICACION
La meta de todo cristiano es "la santidad"; Dios creó
el hombre para que, después del tránsito por este
mundo, gozara de la visión divina por toda la eternidad.
Esa es la razón de ser de la superación de las
dificultades y penas que trae consigo la vida; hay que merecer
el cielo para el cual fue creado el hombre.
La Madre Caridad entendió a cabalidad esa invitación
del Señor: "Sed santos como santo es el Padre de
los cielos". Por eso ella vivió continuamente en
función de la voluntad de Dios; aspiraba al cielo, como
una realidad que no es para escoger, sino para conquistar.
La Iglesia tiene sus parámetros para declarar la santidad
de las personas; es necesario comprobar la práctica heroica
de todas las virtudes de quien se pretende llevar a los altares,
y que luego se rubrique la santidad de su vida con milagros obtenidos
por su intercesión, que deben ser muy bien estudiados,
con pruebas muy serias y debidamente juramentadas.
La vida de la Madre Caridad fue toda ella un modelo de vida cristiana,
religiosa y santa. Por eso la Congregación, con la autorización
de la Santa Iglesia, ha introducido la causa de su canonización
y espera que oportunamente se dé el fallo final, declarándola
"santa" y presentándola con modelo para imitar.
Son muchos los favores alcanzados por la intercesión de
la Madre Caridad; se tienen testimonios escritos que dan cuenta
de la ayuda que han recibido varias personas, en situaciones
de enfermedad, de pobreza, de desempleo y en muchas otras circunstancias,
que sin la ayuda de Dios, serían difíciles de remediar.
Los pobres, por quienes tenía una especial predilección,
han sido testigos de la protección que tiene por ellos
desde el cielo; por eso se ha ido divulgando por todas partes
la devoción a la Madre Caridad, quien en vida nunca pretendió
llegar a los altares, pero sus hijas trabajan incansablemente
para que no esté muy lejano el día en que se pueda
invocar a la "Santa Madre Caridad".
No hay duda de que Dios mira complacido el afán y el interés
para llevar a los altares a la Fundadora de las Religiosas Franciscanas
de María Inmaculada para sellar así la obra que
El mismo comenzó en su "Pequeña Madre Caridad",
como ella misma solía llamarse.
LA OBRA DE
LA MADRE CARIDAD HOY :
EDUCACION, MISIONES Y PASTORAL
La actividad apostólica que la Madre Caridad dejó
a su Congregación está claramente definida en las
Constituciones aprobadas por la Iglesia y que se sintetiza así:
Educación, Misiones, Pastoral.
El apostolado de la educación fue para la Madre Caridad
la base y culminación de su obra evangelizadora porque
ella consideraba que, a medida que la persona iba adquiriendo
conocimientos en todas las áreas, podría comprender
mas fácilmente el mensaje evangélico, crecer en
el amor a Dios y en la práctica de su doctrina.
Tan pronto como se estableció en Túquerres, dedicó
toda su atención a la escuela oficial que el gobierno
del municipio le encargó; poco a poco fue abriendo nuevos
centros de educación y cultura y pronto funcionaron colegios
de segunda enseñanza que acogieron a millares de alumnas
en pueblos y ciudades.
Las hijas de la Madre Caridad, fieles a la herencia recibida,
han procurado además, fomentar la cultura y el arte en
sus variadas formas y han continuado incrementando la labor educativa
extendiendo el campo de acción a la formación,
no solamente de la niñez y la juventud en escuelas y colegios,
sino abriendo un centro de educación superior en Pasto
que en un principio funcionó con el nombre de "Instituto
Mariano" y después de algunos años obtuvo
el título de "Universidad Mariana".
Allí donde la niñez reclama mayor atención,
donde la juventud busca ansiosamente horizontes de paz y de superación
y la preparación adecuada para la vida profesional, las
franciscanas, en zonas urbanas o rurales y hasta en los más
recónditos lugares sin distingos de razas ni de posición
social, continúan manteniendo viva la pedagogía
de la Madre Caridad, basada en el amor, en la comprensión
y en el reconocido método preventivo, encaminado a formar
personas con un profundo sentido de Dios y aptas para hacer frente
en el futuro a las diversas situaciones que la vida les depara.
En cuanto a educación, la Madre Caridad estaba muy atenta
para "leer los signos de los tiempos" y hacer que sus
religiosas se adaptaran a los cambios que vertiginosamente se
iban presentando; y hasta en sus últimos años recomendaba:
"la Congregación debe avanzar con el tiempo, asimilando
siempre lo mejor".
De esta manera, el espíritu de la Madre Caridad se perpetúa
y el carisma que Dios le dio para su Congregación sigue
vigente con el paso de los años.
MISIONES
Hablar de las misiones mirando la vida de la Madre Caridad, es
casi una repetición. Desde que salió de Suiza hacia
América, traía en su corazón la llama del
amor a la causa de Dios para iluminar a quienes todavía
no habían recibido la luz de la fe. Ella era misionera
por don de la gracia de Dios.
Durante los primeros años en el Ecuador y luego en Colombia,
se preocupó principalmente por los territorios de misión
y colaboró incesantemente con los misioneros capuchinos,
a cuyo cuidado estaban las regiones del sur de Colombia.
Llegó a tener un gran interés por los diferentes
grupos de indígenas que acudían a los centros de
misión que ella fundara; se preocupó para que sus
religiosas aprendieran la lengua de los nativos; abrió
dispensarios para prestarles a lo menos un servicio de urgencia
en sus enfermedades. Ellos a su vez, enseñaron a las franciscanas
muchos secretos que encierra la naturaleza para curar distintas
dolencias.
Tanto en las misiones al surde Colombia como en el archipiélago
de San Blas, la labor misionera de las religiosas ha sido de
total entrega. Con el correr de los años se han podido
ver los frutos de lo que la Madre Caridad y sus valientes misioneras
sembraron en aquellas regiones donde el nombre de Dios era desconocido;
hicieron una efectiva promoción humana de tal manera que
ya hay nativos que han asumido varias tareas que antes eran desempeñadas
por las religiosas.
Se cuentan muchas anécdotas de la vida de las franciscanas
en medio de los indios; algunos llegaron a tener tal afecto y
estima por ellas que hasta expusieron su vida para salvarlas;
además, les guardan una profunda gratitud considerándolas
como miembros de su tribu.
Por su parte algunas franciscanas se han identificado con ellos;
hablan correctamente sus dialectos y participan activamente en
sus celebraciones. Aunque por su naturaleza el indio es desconfiado
y huraño, se han visto grandes transformaciones en algunas
tribus y ciudades, gracias a la acción apostólica
de las Hijas de la Madre Caridad.
No cabe duda de que el carisma misionero de la Madre Caridad,
es una realidad que cada día se incrementa en la Congregación
como patrimonio muy preciado que le dejó en herencia la
Madre Fundadora.
PASTORAL
La Madre Caridad, con una clara visión del futuro, se
anticipó muchas veces a los acontecimientos y situaciones
de la vida social y de la misma Iglesia.
Aún en su avanzada edad, cuando no podía estar
de lleno al frente de las actividades de sus religiosas, se interesó
siempre para que se impartiera, con una seria preparación,
la catequesis de niños y de adultos tanto en la Casa Madre
como en las escuelas y colegios y quiso que algunas se dedicaran
casi exclusivamente al apostolado catequístico.
Su interés por la promoción humana de las personas
menos favorecidas por la fortuna, fue una de las aspiraciones
y de las metas que se propuso en la actividad apostólica
de sus hermanas. Se preocupó para que a estas personas
se les diera conocimientos de culinaria, corte, bordados, primeros
auxilios, en fin, todo los que les sirviera para que más
tarde pudieran defenderse en la vida. Ayudó, directa o
indirectamente, a muchos jóvenes a prepararse para desempeñar
un oficio digno con el que pudieran responder a las necesidades
de sus hogares, sin escatimar la ayuda económica que ello
requería.
A pesar de que en su tiempo la mujer no desempeñaba un
papel importante en las actividades de la Iglesia, la Madre Caridad
estaba atenta para que sus hijas colaboraran con los párrocos,
especialmente en la pastoral sacramental, preparando a niños
y adultos para la recepción de los sacramentos de la confesión
y la comunión.
Así se puede comprobar que la Congregación ha asumido
con toda responsabilidad el carisma de su Fundadora y que ella,
con la visión del futuro que la caracterizaba, vivió
con sus hijas, desde muchos años atrás y de acuerdo
con su época, los requerimientos que la Iglesia del Vaticano
II preconiza hoy en relación con la promoción religiosa,
humana y social.
EL ESCUDO
Todas las congregaciones religiosas, tienen un escudo que sintetiza
su labor o el fin que se proponen en su ministerio apostólico.
Las Franciscanas de María Inmaculada, también tienen
el suyo, que la Madre Caridad apreciaba grandemente, porque él
resume los amores de su vida consagrada y es como un baluarte
y defensa de los intereses del Instituto.
Sus componentes son: una gran cruz que arranca del vértice
inferior del escudo y sobresale en la parte superior, significando
que la vida del hombre y más aún de la franciscana,
está signada con la cruz, insignia redentora.
En el cuartel superior, sobre un fondo de nubes, se ven cruzados
un brazo del Señor crucificado, y un brazo con la mano
llagada de San Francisco de Asís. Representa el encuentro
amoroso del Redentor con el "Cristo de la Edad Media",
como se ha llamado al Santo de Asís. Estos brazos abiertos
recuerdan a la religiosa franciscana que su vida debe seguir
muy de cerca las huellas de Cristo a imitación del estigmatizado
de Asís.
En la parte inferior al lado izquierdo, se encuentra la custodia,
como recuerdo constante de la Adoración Perpetua, el máximo
privilegio que la Iglesia le concedió a la Congregación,
por petición de la Madre Caridad. Al lado opuesto, está
un libro abierto, que representa las Constituciones, y contiene
la forma de vida que debe observar toda franciscana durante su
vida. Sobre el libro, irradiando su luz, se ve una estrella,
que simboliza la Inmaculada Virgen María.
En el centro, sobre la cruz y uniendo los tres cuarteles se ve
el escudo de Suiza, la tierra que vio nacer a la Madre Caridad
y que generosamente ha enviado un número notable de jóvenes,
para formar parte de ese grupo de valientes mensajeras del evangelio
en las regiones hasta donde se ha extendido por el impulso del
Espíritu Santo.
En la parte superior sobresale el lema de la Orden Franciscana,
escrito en latín: PAZ Y BIEN, que se va pregonando por
pueblos y ciudades a jóvenes y niños para que el
mensaje de Cristo, tenga eco en medio de un mundo que cada día
se aleja más de Dios.
Este escudo adorna la bandera de la Congregación que tiene
los colores que ostenta la de la Virgen: blanco y azul, significando
con ello que la Congregación de Religiosas Franciscanas
tiene como su excelsa patrona a MARIA INMACULADA.
La Madre Caridad veía en los símbolos de este escudo
el resumen o compendio de todas sus aspiraciones y anhelos y
la culminación de sus ideales religiosos que ella se propuso
vivir y dejó en herencia a su Congregación.
TEXTO: Hna Mariela Villegas Velásquez
COLABORACIÓN: Hna Rosa Amalia López González
ILUSTRACIONES: Hna Rosa Matilde Delgado Andrade.
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