I VIDA DE SAN
FRANCISCO DE ASIS
CONTADA POR EL MISMO A LOS JOVENES
A USTEDES JÓVENES LES DESEO: PAZ Y BIEN
Yo , Francisco de Asís, les narraré algo de mi
vida. Es una experiencia sencilla pero vivida con gran gran sinceridad
conmigo mismo, con los demás y con Dios.
Por ello, El Señor me concedió la fecundidad.
En pocas palabras mi vida es la siguiente:
Nací en la ciudad de Asís (Italia) el año
de 1182. Aquí transcurrió mi niñez y juventud.
Mi papá se llamaba Pedro Bernardone. Comerciante de telas
finas. Tenía negocios en los mejores mercados del mundo
del siglo trece. Su carácter férreo le hacía
exigente en su trabajo. En realidad era próspero, pero
ambicionaba más. Quería que yo siguiera sus pasos
y fuera así uno de los grandes de su tiempo.
El nombre de mi mamá era Juana, a quien llamaban Madona
Pica. Era oriunda de Francia. Le gustaba la música, la
poesía y los torneos de caballería. Era muy noble
y de grandes virtudes cristianas. Me enseñó a hablar
en francés y deseaba que yo fuera un gran caballero. De
ella aprendí muchas cosas.
La juventud la pasé de lo mejor. Fui alegre quizá
un poco desordenado. Tenía un carácter jovial,
comunicativo, expresivo y abierto a los demás.
Con los amigos derrochábamos tiempo y dinero. Corríamos
a caballo por todos lados y vestíamos a la moda. Por las
noches íbamos a cantarles canciones a las chicas más
guapas de Asís.
La casa de los amigos era casa de todos. Aquí las bromas,
los chistes y las carcajadas eran parte de nuestra juventud sin
proyecto. Quería que mis amigos fueran plenamente felices,
por ello me esforzaba por contagiarles optimismo y espíritu
de fiesta. ¡De nadie me dejé ganar en vanidades!
Por ello la gente de mi pueblo me llamaba "El Rey de
la Juventud".
En plena Juventud me armé de "Caballero"
y me adentré a la conquista de fama y gloria. Mi pueblo
entró en conflicto con la ciudad de Perusa. La Caballería
de mi pueblo fue a defender sus intereses, pero fuimos derrotados.
Un año estuvimos en prisión. Al regresar
a mi casa enfermé. Tuve un sueño en el que se me
preguntaba: "Francisco, Francisco: ¿ A quien es
mejor servir: al Señor o al criado?". Yo contesté:
"Al Señor "¿Porqué entonces te
pones a servir al criado ?". Yo no comprendí
aquel sueño, pero les confieso que a partir de ese tiempo
sucedió algo en mí. Sólo sé que sentí
la necesidad de reflexionar sobre mi vida cosa que no fue fácil.
Me costó. Me dolió ¡Cuesta romper con algo
que hasta hoy a movido nuestra vida. ¡No es fácil
arrancar del alma lo que ella ha aprendido... pues con frecuencia
el vicio se convierte, por repetición en naturaleza!
Por ese tiempo, hice la experiencia de caminar y: ver atentamente
la realidad. Descubrí lo hermoso de la vida y del mundo,-
y me dije - "es aquí donde debo vivir y descubrir
el porqué de mi vida". Después hice la
experiencia de vivir como pobre y mendigué de puerta en
puerta. Un día me encontré con un leproso ¡Qué
horror! ¡Su presencia me causó asco y repugnancia!
¡Quise huir, abandonarlo! pero opté por vencerme
y no sólo le di pan sino también un beso.
El encuentro que tuve con el leproso, marcó un momento
decisivo en mi vida. Esta experiencia nunca la olvidé.
El cambio que se había iniciado en mí, lo notó
mi papá, pero no me comprendió.
Un día observé la pobreza de mis paisanos y me
acordé de las bodegas repletas de mercancías de
mi padre. ¡Corrí y entré en casa!... ¡Regalé
mucha ropa, aquel día!. Mi padre se enteró y me
dio una buena paliza y me encarceló. Mi mamá me
sacó de la cárcel y aunque no comprendía
mi actitud prefería hacerme feliz dejándome en
libertad. Después de esto me retiré al bosque.
Un día regresé a mi pueblo, la gente y los amigos
que antes me adulaban como el "Rey de la Juventud",
se burlaron de mí, me tiraron piedras y gritaban ¡Está
loco! ¡Es un tonto!
Mi papá al darse cuenta de mi propósito acudió
al Señor Obispo para que él hiciera justicia. Ante
él me desheredó y ya no quiso que fuera su hijo.
Yo que con anterioridad había renunciado a todo lo material,
ante el Obispo tuve la osadía de desnudarme y entregar
a mi papá la ropa que me cubría y le dije: "Hasta
ahora te llamaba, padre mío, Pedro Bernardone, pero de
hoy en adelante ya puedo decir la verdad: "Padre nuestro
que estás en los cielos". Y entonces me retiré
a vivir entre los pobres.
Un día caminaba por los bosques de Asís y encontré
una iglesia abandonada. Era la Ermita de San Damian. En medio
de sus ruinas me puse a orar frente a un crucifijo
abandonado. Estaba en oración cuando escuché:
"Francisco, Francisco, anda y repara mi iglesia que como
ves está en ruinas . Al instante me puse a repararla.
¡ Qué experiencia! ¡jamás había
tocado mezcla y no sabia de albañilería! con buena
voluntad y entusiasmo, realicé aquella obra. Aún
no había comprendido que Cristo no me llamaba a reparar
iglesias, edificios sino a reconstruir la iglesia viva que formamos
todos.
Era el tercer año de mi conversión cuando terminé
de reparar otra iglesia, la ermita de Santa María de los
Angeles. Aquí me encontraba participando, un día,
de la Eucaristía (Misa) y escuché el Evangelio
que narraba cómo Jesús había enviado a sus
discípulos a predicar el Reino de Dios. Al terminar la
lectura, no comprendí lo que el Señor me decía.
Después de la eucaristía busqué al sacerdote
y le pedí de favor que me explicara el Evangelio que había
leído. El me explicó ordenadamente la Palabra del
Señor, y me dijo:
"Que los discípulos de Cristo no debían poseer
oro ni plata, ni dinero en los cinturones, que no debían
llevar alforjas, ni bastón, ni calzado, ni dos túnicas,
porque el que trabaja tiene derecho a comer "(Mt. 10, 9-10).
También me leyó el pasaje de san Lucas 9, 3. Después
me dijo que Jesús decía que el que quisiera ir
en pos de él, tenía que tomar su cruz y seguirle
(Mt. 16, 24).
Cuando escuché estas palabras, salté de alegría
y dije:
¡Esto es lo que yo quiero!
¡Esto es lo que yo busco!
¡Esto es lo que yo quiero practicar con todo el corazón!
Y salí dispuesto a sevir a mis hermanos y hermanas
más pobres. Me entregué en cuerpo y alma a esta
tarea. Vivir el Evangelio a la letra, sin acomodaciones. Ella
fue mi norma, mi guía, mi luz, mi fuente de inspiración.
La cualidad que tenía desde joven me ayudó a vivir
el Evangelio. Seguí al Señor y serví a los
hombres con todo lo que fui capaz: con alegría, con entusiasmo,
con dedicación y sobre todo con creatividad.
El Señor transformó mi vida. El me hizo sensible
a las interrogantes concretas de mi tiempo. El me enseñó
el respeto a la persona y el amor a toda la creación.
El me condujo a vivir católicamente el Evangelio. El me
llevó a vivir dentro de la iglesia viva y a reconstruirla
por la bondad, por el amor, por la sencillez, por el ejemplo,
por la pobreza y por la alegría.
Les amigos de mi juventud vinieron a visitarme un día.
Quisieron vivir su cristianismo como yo lo estaba haciendo. Primero
vino Bernardo, después León, más adelante
Rufino, Angel y otros... con ellos formamos una comunidad y experimentamos
vivir el evangelio.
Ibamos de dos en dos a predicar el Reino de Dios y no teníamos
nada en propiedad. Cuidábamos enfermos, leprosos y necesitados.
Trabajábamos con nuestras manos y éramos plenamente
felices porque el Señor movía nuestras vidas.
Cuando éramos doce, visitamos al Señor Papa Inocencio
Tercero y le presentamos nuestro proyecto de vida. Habíamos
escrito unas pocas citas del Evangelio como norma de vida. El
Señor Papa aprobó nuestro proyecto de vida y nos
bendijo.
A partir de ese tiempo recorrimos todas las ciudades de Europa
y Asia Menor. Predicábamos con brevedad de palabra, ayudábamos
a los necesitados y éramos pobres y sencillos. El Señor
nos hizo numerosos.
Un día vino a nosotros Clara Faverone, tenía 18
años y era muy bella. Pertenecía a la nobleza pero
lo abandonó todo. La llevamos a la Iglesia de San Damián
y allí el Señor le trajo muchas señoritas
que quisieron seguir al Señor en extrema pobreza,
trabajo y oración. (Hoy se llaman Hermanas Clarisas).
Todos querían venir a vivir con nosotros, pero nos dimos
cuenta que no todos podían abandonar sus obligaciones
en la sociedad, entonces fundamos la "Orden de Penitentes"
para todos aquellos que quisieran vivir el Evangelio de la pobreza,
obediencia, alegría, sin abandonar el hogar y sus trabajos
en la sociedad ( Hoy se llama Orden Franciscana Seglar).
Lo que el Señor hizo progresivamente en mi vida no puedo
explicarlo, sólo sé que me abrí sincera
y sencillamente a Dios y El se me presentó en la vida
concreta de mis hermanos, Amé y viví al Cristo
total: al Cristo hecho Niño en Belén, Al Cristo
que vivió y trabajó, al Cristo que nos amó
y padeció en la Cruz, al Cristo que Resucitó y
vive entre nosotros.
Me esforcé por descubrir la presencia de Dios en el corazón
de los hombres, de las cosas y de toda la Creación. Cuando
el Señor me dio hermanos, quise que fueran consecuentes
con las cualidades y valores que Dios les había dado.
Lo único que exigía era que fueran abiertos al
Espíritu de Dios y a su santa operación ellos nos
conducirían a la pluralidad convergente y así serviríamos
mejor a la iglesia. Al observar la conflictividad de mi tiempo,
imaginé que hay en el corazón de todos los hombres
un porcentaje de bondad, por malos que sean. Por eso me acerque
al ladrón al asesino, a los violentos y explotadores,
y con la pedagogía del amor y la bondad los induje a un
proceso de conversión.
Creíamos en la fuerza transformadora de la Fe, del amor,
de la paz, de la sencillez y de la alegría por eso vivimos
el Evangelio en Comunidad y en medio del pueblo, nuestro convento
era el universo entero y vivimos como peregrinos en oración
y trabajo. Hablé de Dios a tiempo y destiempo. Cuando
ya no pude caminar de pueblo en pueblo me hice llevar en camilla
a la plaza de los pueblos y así continué hablando
de Dios a mis contemporáneos.
Y cuando ya ni esto pude, escribí cartas, poemas y consejos
para que fuesen leídos en público.
Cuando el hermano cuerpo se quedó sin fuerzas y quedé
completamente ciego, escribí un poema en el que invité
a toda la creación a alabar al único Dios (hoy
le llaman Cántico al Hermano Sol).
Dos años antes de morir, subí al Monte Alvernia,
allí hablé íntimamente con Dios. El vio
mi pequeñez e impregnó en mis manos, pies y costado,
sus llagas y con ellas viví hasta morir.
Toda mi vida intenté ser hermano de todos, y a todos amé
como hermanos. Cuando morí en octubre de 1,226, dije a
mis seguidores.
He concluido mi tarea Cristo les enseña la de ustedes.
Si quieres mas información sobre la vida franciscana,
comunícate, con mucho gusto te atenderemos.
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II
FRANCISCO MODELO DE DISCIPULO
(FORMA DE LA FRANCISCANA DE MARIA INMACULADA)
FRANCISCO,
HOMBRE PENITENTE
"El Señor me dio de esta manera, a mí
el hermano Francisco, el comenzar a hacer penitencia(Testamento
p. 121)
San Francisco, después de atravesar por diversas experiencias
durante su juventud, ansia de éxito, prepotencia del dinero
y otras cosas más, iluminado por el Espíritu, descubre
el amor misericordioso de Dios. Se convierte, cambia de mentalidad,
se encamina por sendero del seguimiento de Cristo ya que desde
este momento empezó a mirarse como vil y transformarse
en varón perfecto y a ser distinto de como era. Totalmente
vaciado, Francisco inicia su aventura de discípulo en
la escuela del Señor; y dirige sus pasos por la senda
del crecimiento intentando alcanzar la plena madurez como Cristo.
Toda su vida estará invadida por un solo insaciable anhelo:
ser otro Cristo.
FRANCISCO, HOMBRE EVANGELICO
"El Altísimo mismo me reveló que debía
vivir según la forma del Santo Evangelio (Testamento p.
122)"
Vivir el santo Evangelio fue el carisma específico, revelado
por el Señor a Francisco. Será precisamente el
fundamento del ideario franciscano. Francisco, durante toda su
vida penitente buscaba la familiaridad con Jesús a través
del Evangelio; en él encontró la inspiración,
la pauta y el sentido de la vida, más aún, lo que
allí encontró fue la persona misma del Dios-hombre.
Satisfecho con este hallazgo, Francisco propuso el Evangelio
a sus hermanos como única norma de la fraternidad
y la vía que conduce a la vida. Este resultado de su encuentro
con la Buena Nueva del Padre fue una vida de evangélica
perfección.
FRANCISCO,
HOMBRE MENOR
Seguir la humanidad y pobreza de nuestro Señor
Jesucristo (1R, 9)
Reflexionando continuamente sobre las palabras del Señor,
que son espíritu y verdad, Francisco comenzó
a entender la vida y la misión del Señor
a la luz del misterio del anonadamiento. La humillación
de la Encarnación le enseñó la grandeza
del amor del Dios-Hombre haciéndose uno de nosotros y
sometiéndose a la condición del más pobre
entre los miserables. En la Pasión Francisco descubrió
la obediencia amorosa del Hijo de Dios que no escatimó
el dolor, la humillación y el abandono de los discípulos,
sino más bien abrazó todo para redimir al hombre.
Además, Francisco intuyó que este amor condescendiente
de Dios se hace presente continuamente en toda celebración
eucarística, donde el Señor del universo se esconde
bajo simple apariencia del pan para salvarnos. La imitación
que hace Francisco del Señor pobre y humilde bien presentada
y sintetizada en el apelativo mismo dado a sus seguidores hermanos
menores; invitados a serlo en sus relaciones con Dios, con los
hombres, con la creación y consigo mismos.
FRANCISCO HOMBRE CONTEMPLATIVO
Tener el espíritu del Señor y su santa
operación, orar continuamente al Señor con un corazón
puro (2 R)
Francisco descubrió en el seguimiento del Cristo humilde
y rebosante de amor, y uno más de nosotros, el sentido
de su vida de Hijo del Padre celestial. Oh, cuán glorioso
es tener en el cielo un padre santo y grande. Consciente de su
condición de creatura. Francisco contempla todo como gracia
y don de Dios. Se transforma en hijo agradecido en actitud de
acción de gracias y alabanza. Por otra parte, su vida
misma se va transformando también en la historia de la
iniciativa amorosa del Padre que le llama a sí para vivir
juntos la íntima comunión con el Hijo en el Espíritu
Santo. Su respuesta -la más trascendental- fue una vida
de oración, un diólogo íntimo con Aquél
que le había llamado, y hacerse no ya sólo orante,
sino oración. Cuanto más se unía al Padre
tanto más crecía el amor a los hombres y el anhelo
de salvarles. Así se preparaba Francisco, como Jesús,
para ser voz profética en la Iglesia y en la sociedad
de su tiempo.
EL HERMANO FRANCISCO
El Señor me dio hermanos (Testamento14)
Francisco descubre en cada hombre la impronta de Jesús
que al encarnarse se hizo hermano nuestro; dialoga con todos
y con todo, siendo en su época el apóstol de la
hermandad y de la paz. Con sus hermanos ejercita el trabajo atendiendo
a los leprosos en sus casas y trabajando en los campos para ganarse
el sustento. Logra la concordia entre ciudades rivales pregonando
la paz a todos, la hermandad y la plena reconciliación
con Jesucristo. Basándose en el código del amor
evangélico Francisco exige que sus seguidores se amen,,,mutuamentey
deben tratarse espiritual y amorosamente y honrarse mutuamente
y muestren con obras el amor que se tienen mutuamente y que en
todo lugar y situación se consideren familiares entre
sí acogiendo a todo aquel que acuda a ellos.
EL CATOLICO FRANCISCO
Sumisos y sujetos a los pies de la misma santa Iglesia
(2 R 12)
Francisco, vir catholicus et totus apostolicus , desde el inicio
mismo de su experiencia religiosa, deseó y vivió
de modo ejemplar la comunión con la Iglesia, con el papa
y con los obispos. Sometió a la aprobación de la
Iglesia su Regla; según el rito de la santa Iglesia recibió
el mandato de predicar a todos la penitencia y la conversión.
A la Iglesia promete obediencia humilde, y antes de morir pidió
a sus hermanos la misma fidelidad al Evangelio y a ella. Francisco
es consciente de recibir de la Iglesia las adoríferas
palabras de mi Señor y la Eucaristía. Veneraba
a los teólogos como a los que nos proporcionan espíritu
y vida Desde los primeros días Francisco el pregonero
del gran Rey en unión a sus hermanos se ha metido no sólo
en el centro de la comunidad eclesial sino que ha participado
con amor y celo en la misión pastoral de la Iglesia, que
continúa el misterio de Cristo.
FRANCISCO MISIONERO
Dios no lo ha llamado a ese estado únicamente
para El, sino para que coseche frutos para las almas (Florecillas
16)
Desde que escuchó la palabra de Dios en la iglesia de
la Porciúncula, Francisco había intuido su vocación;
y de aquel evangelio de la misión de los apóstoles
recibirá fuerza para lanzarse por el mundo anunciando
a todos la penitencia con brevedad de palabras.
Anhelando ardientemente anunciar a todos la bondad del Señor
se convertirá en el embajador del Evangelio hasta el punto
de no considerarse amigo del Señor si no lograba amar
a las almas queridas por Cristo. Enviaba a sus hermanos
de dos en dos por el mundo y cuando el grupo hubo aumentado,
la capacidad apostólica impulsará a los nuevos
discípulos del Señor más allá de
las fronteras de Italia y hasta tierras lejanas.
Deseoso de llevar a todos la salvación, intentará
una y otra vez ir entre sarracenos y otros infieles presentándose
ante el mismo sultán con el anuncio de Cristo y su Evangelio.
Muerto Francisco, este ir por el mundo perdurará ininterrumpidamente
hasta nuestros días, participando así en la vida
y misión de la Iglesia.
A los hermanos que, por divina inspiración pidan marchar
de misioneros, les propone dos posibilidades para realizar dicho
deseo: el testimonio de la vida, no promuevan disputas y controversias;
y el anuncio: cuando les parezca que agrada al Señor,
anuncien la palabra de Dios . La itinerancia y el misionar encontrarán
cabida en la Regla de constituirán parte basilar del carisma
franciscano.
FRANCISCO HERMANO MARIANO
Rodeaba de amor indecible a la Madre de Jesús,
por haber hecho hermano nuestro al Señor de la majestad
(2C n. 198)
La vida de Francisco no era una simple alternancia entre contemplación
y acción, un tiempo para el Señor y otro para el
apostolado, sino más bien una vida completamente
absorbida por Dios y abierta siempre a las insinuaciones del
Espíritu. Para Francisco el Espíritu era el esposo
del alma plan y relación que ha logrado mediante la devoción
a la Madre de Jesús. Una semejante comunión de
vida, como la existencia entre María y el Espíritu,
en la que Francisco recomienda a todos sus hermanos, quienes
deben encarnarla en la plegaria y en la contemplación.
Por eso, es la Madre de Jesús quien les hará comprender
el misterio divino. Del mismo modo como María dio a luz
a Jesucristo por obra del Espíritu Santo, así también
los hermanos son madres de nuestro Señor Jesucristo cuando
lo llevan en el corazón y en el cuerpo con amor y con
pura y sincera consciencia y lo engendran por medio de las buenas
obras.
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